Littera
Poeta asiduo al portal
Ínfimos son los ruidos que desmienten
del cosmos la quietud algodonosa,
y ya ni se perciben ni se sienten
en instante de paz tan deliciosa
abisales heraldos que cruenten
con centella malévola y furiosa
el uniforme pulso de los cielos
surcados de elegantes falcinelos.
Cobran los mil y un piélagos de estratos
pintas bermejas y visajes rojos,
luciendo por adarmes más boatos
que el abanico de esplendentes ojos
del ave recipiente de los tratos
de aquella ante quien póstranse de hinojos
los omniscientes e inmortales dioses,
redimidos de asfixias y de acoses.
Mas sin embargo no se relacionan
de mi pecho los rábidos latidos
con aqueste sosiego que perdonan
los aquilones fieros y buidos,
que de Vulcano anhelan y ambicionan
las fraguas en que asaz enfebrecidos
los gigantes laboran sin descanso
más que el semblante lo sostengan manso;
sea porque en la escarpa descubierta
desde la que despeño mis suspiros
no una mano fecundan fría y yerta,
esclava del dolor y de sus giros,
mas una que de médanos desierta
y colmada de fúlgidos zafiros
con la tuya por rica compañía
aguarda la explosión del nuevo día.
Así, mientras navego tu cintura
y hago que de los dedos cada yema
se deleite en elipses de hermosura,
nada hay que el ánima recele o tema
ni hay en su amor resquicio o hendidura,
conque tan sólo improbidad extrema
evitará que en el dorado instante
contigo fúndase mi ser vibrante.
Lentos corren y avanzan los segundos,
su cese en lo que pueden dilatando
y no por ello acaso verecundos,
pues es difícil huellas ir sumando
como tus niñas, vueltas dos corundos,
destellen ráfagas de fuego blando
e inunden del espacio las alcobas
de la femínea gracia con que arrobas.
Pero está en nuestro bien y en nuestra suerte,
¡oh Calíope altísona y querida!,
que den en las quijadas de la muerte,
auspiciando su pérdida y su ida
del astro soberano, rubio y fuerte
la esperada y signífera salida
que valdrá de testigo a la promesa
en mis labios por grande tiempo presa.
Ya se columbra el mágico momento
en que habrá de bañarse cada gramo
del infinito y casto firmamento
en luz que bermellón corriente llamo;
ya se gesta el glorioso nacimiento
del Sol con su rumbático rebramo
y, a compás, nuestro vínculo y enlace
a salvo de cualquier negror tenace.