Cantan las hojas secas la lúgubre canción del fin del estío;y se arremolinan frente a mis pies desnudos con una furia salvaje que agita el viento del norte:frío como la piel resbaladiza de una serpiente.Mi soledad es el solaz refugio donde quemo los sueños pletóricos que antaño gemían por la hambruna de un ideal infinito,y me río de dolor quejumbroso por los restos mortuorios de mis fallecidos amigos que en camposanto sagrado di honrada sepultura.Ahora me contemplo en el espejo acuoso del estanque sacro y oteo las arrugas ajadas de mi depauperado rostro de viejo anacoreta.¡Oh!quejumbroso otoño de tizne amarillento,serás tú quién me haga estallar en un aluvión de lágrimas,cuando tu traicionero susurro me comunique a mis sensibles oídos la muerte maldita de mi joven amada.No lo sé.Lo único que ahora tengo en mis agrias mientes es despeñarme en caída libre por un acantilado que acabe por serenar esta alma pura encarcelada en vil cuerpo,desangrado por las profusas preocupaciones que vida,y no muerte,dieron como alimento caducado a mi seco paladar.Pero mientras,espero por escuchar la profunda respiración del Ser Absoluto que ha de escudriñar mis faltas,con la esperanza de ser purificado por el amor puro que una vez sentí hacia la venerable naturaleza.