En el amor incandescente de su propia verdad,la niña ojizarca titila como una luciérnaga de bravío pecho fosforescente.No conoce más pasión que aquella fuerza desbocada que se desborda,como un río de inconmensurables aguas submarinas,en el pecho trémulo de su amante la Crueldad.Este la hace sufrir como una gloriosa virgen de cabellos tostados al radiante sol;al cual reza cada mediodía por apaciguar la rabia felina del objeto santo de sus más devotos amores.Pero cuando el astro rey se oculta tras las montañas intransitables de la aberrante locura,ella se desviste ante él,el dios furibundo que pide sangre mansa de su cuerpo pálido y frágil como una vaporosa nube de invierno.La luna llena los observa con recato y pudor,a la espera de que el hombre con máscara de hierro ablande su infiel corazón y haga en éste el sacrosanto santuario donde morir en la paz nocturna.