Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Nos encontramos en un tiempo prestado, en una geografía que no nos pertenece pero nos recibe con los brazos abiertos. La arena se nos cuela entre los dedos como si el reloj de nuestras horas fuera de sal, derritiéndose con la brisa que nos despeina. Somos dos, pero también somos más que eso: somos la risa compartida en la espuma, el eco de pasos descalzos sobre madera caliente, la sombra de un beso que se desliza por la piel bronceada.
El amor en vacaciones es un paréntesis dorado, un accidente feliz que desafía la rutina. Nos vestimos de olvido y nos desnudamos de prisa, como si cada caricia fuera un descubrimiento arqueológico en la piel del otro. En esta isla, en este rincón perdido del mundo, no importan los nombres, ni las fechas, ni las razones. Solo existe la certeza del ahora, del roce eléctrico de tus dedos sobre mi espalda, del murmullo de las olas sincronizado con el latido de tu pecho.
Y cuando el último sol se incline sobre el mar, cuando la maleta nos devuelva a lo conocido, sabremos que este amor no se perderá con la marea. Porque hay pasiones que no necesitan promesas, solo el rastro indeleble de un verano que nunca terminará en la memoria.
El amor en vacaciones es un paréntesis dorado, un accidente feliz que desafía la rutina. Nos vestimos de olvido y nos desnudamos de prisa, como si cada caricia fuera un descubrimiento arqueológico en la piel del otro. En esta isla, en este rincón perdido del mundo, no importan los nombres, ni las fechas, ni las razones. Solo existe la certeza del ahora, del roce eléctrico de tus dedos sobre mi espalda, del murmullo de las olas sincronizado con el latido de tu pecho.
Y cuando el último sol se incline sobre el mar, cuando la maleta nos devuelva a lo conocido, sabremos que este amor no se perderá con la marea. Porque hay pasiones que no necesitan promesas, solo el rastro indeleble de un verano que nunca terminará en la memoria.