Anotaciones de una jockey

Milda R

Poeta recién llegado
Nunca disfruté tanto como montando aquel caballo de raza árabe, negro, nervudo, elegante y una pura bala... Entrenándolo para su dueño en el vetusto hipódromo de Humilladero, Málaga.
A cambio de esto, el viejo señor me recomendó a una pequeña cuadra del circuito de turf del Midí francés, pues tenía contratado a un experimentado jockey para que montara a su campeón en las competiciones. Me preparé para mi nuevo trabajo con mucha nostalgia. Por ello, cuando el dueño de Pozdam contactó conmigo y me propuso montarlo para las pruebas de primavera, pues su jockey se había roto la clavícula en una prueba de entrenamiento, no dudé en hacer la maleta y regresar a España. El primer día de carreras Pozdam entró muy nervioso en los cajones. Yo también me sentía excitada y lo intentaba calmar pasándole una mano sobre su crin. Ambos éramos novatos y lo pagamos. La salida fue fatal pues el caballo frenó en seco. En unos instantes perdimos una ventaja abismal para la prueba de 2000 metros. Si embargo Pozdam era muy superior al resto. A una velocidad increíble se fue acercando al grupo y en la última curva atrapamos al resto de competidores. Iba como una bala y yo le azuzaba para que corriera aún más. El público no daba crédito a que nos comiéramos la gran desventaja y superáramos a todos en la recta de meta, pasando sólos y vencedores. Uauh! Fue increíble, aquel corcel era un fuera de serie. Radiante de alegría recogí parabienes y triunfos. El señor me abrazó como a una hija, emocionado. Por la noche lo fui a celebrar con mis amigos. A la mañana siguiente el dueño de Pozdam me contó que éste había entrado en los establos tosiendo y que escupió sangre.
-Este caballo te llevará al fin del mundo galopando si se lo exiges. No debes exigirle tanto nena. -me dijo con su voz ronca aquel señor.
Entristecida, rehuyendo la mirada de aquel buen hombre, me sentía culpable. No me perdonaría si el hermoso caballo no se recuperaba por culpa de mi excesiva ambición y poca sensibilidad.
 
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