José Valverde Yuste
Poeta que considera el portal su segunda casa
Cuando falleciste, te veía en el fuego
de la chimenea, corría hacia el teléfono
como si existieras, como si no hubiesen acabado
tus días, azorado iba en mi zigzaguear por la vida.
Me sumí en la oscuridad, saltos al vacío
ibas y venías, discusiones malditas, relaciones deterioradas
inmensos valles abisales, sueños que no puedo recordar
me llevan a lugares sombríos; encinas de hoja caduca
almendros sin flor, parejas sin amor, desolación, destrucción.
Los sudores fríos me llevan por derroteros de perdición
como toalla mojada recorrían mi cuerpo, cuán shock eléctrico
tú no estabas, te necesitaba, sabía que no ibas a volver
pero yo persistía, no quería que fueses un ente, una abstracción.
Súbitamente, veía monstruos innombrables, calaveras decrépitas,
ríos sin agua, desiertos con inmensos oasis, era un mundo al revés
nada me producía placer, veía a mi musa quería desaparecer
que no me viese, que no me abrazase, todo era obsoleto y muerto
a la vez.
En la oscuridad de la noche, veía rayos indescifrables
duendes maliciosos como huracanes, fiordos inacabables
la voluntad marchita, el deseo sin apetito, el caminar dormido
la felicidad oculta, la vida se me iba a chorros, pero ignoraba
de dónde venía, del trabajo, del amor , de tu ausencia , de tus letanías.
Quería volar, pero no podía. Gritar, ¡déjame! y se aferraba a mí
cuan pegamento a la hoja que un niño pega su collage de
cada día. Misterios que el hombre aún trata de comprender
en su poca sabiduría, aunque creamos que somos dioses
y por ello nos endiosamos más cada día
Salir de esa profundidad, de ese estado, cuesta una eternidad
como el viaje de Verne al centro de la Tierra, o la salida del sitio
de Stalingrado en la segunda guerra mundial.
Cuando acaba la pesadilla, recuperas la normalidad te crees
que levitas, qué no es verdad, que este mundo no existía
es como volver a vivir, dejar un mundo atroz y recuperar el candor.
de la chimenea, corría hacia el teléfono
como si existieras, como si no hubiesen acabado
tus días, azorado iba en mi zigzaguear por la vida.
Me sumí en la oscuridad, saltos al vacío
ibas y venías, discusiones malditas, relaciones deterioradas
inmensos valles abisales, sueños que no puedo recordar
me llevan a lugares sombríos; encinas de hoja caduca
almendros sin flor, parejas sin amor, desolación, destrucción.
Los sudores fríos me llevan por derroteros de perdición
como toalla mojada recorrían mi cuerpo, cuán shock eléctrico
tú no estabas, te necesitaba, sabía que no ibas a volver
pero yo persistía, no quería que fueses un ente, una abstracción.
Súbitamente, veía monstruos innombrables, calaveras decrépitas,
ríos sin agua, desiertos con inmensos oasis, era un mundo al revés
nada me producía placer, veía a mi musa quería desaparecer
que no me viese, que no me abrazase, todo era obsoleto y muerto
a la vez.
En la oscuridad de la noche, veía rayos indescifrables
duendes maliciosos como huracanes, fiordos inacabables
la voluntad marchita, el deseo sin apetito, el caminar dormido
la felicidad oculta, la vida se me iba a chorros, pero ignoraba
de dónde venía, del trabajo, del amor , de tu ausencia , de tus letanías.
Quería volar, pero no podía. Gritar, ¡déjame! y se aferraba a mí
cuan pegamento a la hoja que un niño pega su collage de
cada día. Misterios que el hombre aún trata de comprender
en su poca sabiduría, aunque creamos que somos dioses
y por ello nos endiosamos más cada día
Salir de esa profundidad, de ese estado, cuesta una eternidad
como el viaje de Verne al centro de la Tierra, o la salida del sitio
de Stalingrado en la segunda guerra mundial.
Cuando acaba la pesadilla, recuperas la normalidad te crees
que levitas, qué no es verdad, que este mundo no existía
es como volver a vivir, dejar un mundo atroz y recuperar el candor.
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