Antes, en el solsticio-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Antes, en el solsticio.

Donde crepitan las somnolencias

y figuran tristes ocupaciones de árboles.

Sí, antes de las ramas y sus ramificaciones.

De las arbotantes lagunas y de sus contrafuertes

silenciosos. En la mitad del día, con conjuntivitis

e innovación de lágrimas. Muere el día, cae la noche,

suplementos de orquídeas forman el arrebolado

cariz de las estatuas afirmadas. Donde se excitan

las sombras, y descienden inclinándose, patrimonios

guturales, cavernas de vocales y átomos inmortales.

Por definición, en la clausura de tu tiempo, cuando

los llantos afirman su superioridad de raza o estirpe,

cuando los trastos de la siega sirven para amenizar

el baile de los caudillos, cuando las cosechas amenazan

ruina si se observan desde los lupanares.

Intento no cambiar, modificar esta elaborada alegoría;

su canto supresor de energías innombrables. Oh llanto,

cuánto te eché de menos, sin caer en mis malformaciones

diversas, estuve a punto de fenecer entre candiles.

Aceites de sobremesa, sombrías ejecuciones, planteamientos

sin calco, fluctuaciones de la selva, imaginaciones fervorosas

o devotas funciones del ánimo convexo. Desciendo

del común denominador hasta las galaxias invertidas, furiosas

enjambres de rosas o rotas puertas hasta las clavículas sucias.

Despachando el pan, rompiendo el batiente de la luna portalón

a portalón, con emoción sincera, con honestidad de bárbaro

dibujando sobre su esquela un trámite mercantil. Agudos

ángulos sublimados por las peleas de gallos, otras lunas y en su orgullo

la derribada esencia del planeta. Triunfa

esbelta la cintura delgada, el llanto sin tallo, la raíz

existencial. Y como de la mano del gallo, de la luz,

del hombro amigo que cubre mi manto de plenas herraduras.

Golpeo los latidos con esencia de aliagas, con plenitud de curvatura,

de ejes trastornados por la ceguera del halcón; mirad

cómo se derraman los caprichos y las botaduras de los barcos.

Allí anidé varias veces, hecho capullo contra las olas venéreas.

Allí trituré mis labios contra la osadía del lamento,

y puse mi afán de plata sobre las columnas del cielo.

Sombras me acompañaban, frondas y capciosos amarillos.

Sesteaban los rebaños caídos en la boca del anhídrido sulfúrico.

Bromeaban los señores con su capa caída del llano y

los niños formaban élites con sus dedos meñiques.

Fue en el tiempo de la vendimia, cosecha, con los talones

apenas erguidos y erigidos, construidos. Fue en

la época del silencio y de la avispa sobre el tonel vacío.

La gasolina iba barata y supe del vértigo que ofrecen

las melifluas barbas del cavernoso ídolo postrado.

Sombras, me acompañaban, hasta detenerme.

Fui conducido por llantos y apatías, por derrotas

e infusiones, por lamentaciones apócrifas

y sueños de anestesistas. Hasta la empatía formal

del llanto y la espalda agrupados.

Fue tiempo de dientes, deformados, tirantes,

tirados, estirados, de pechos cavernosos sobre

la súbita aurora del papel celofán. Fue pronto

la bronquitis, la neumonía absorbente del plomo

y la lluvia. De las estaciones sin pasajeros

y del transitorio humo de los caballos muertos.



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