Franz Bonaparta
Poeta recién llegado
Tus palabras eran letra detenida en el tiempo
que fluían lento en la presión
de los rieles de mi sangre,
mis venas eran vías apaciguadas
mientras se dilataba tu voz
que palpitaba en la sonoridad de
un canto incombustible: Belleza embelesada
como fósiles de una flor capturada a tiempo;
temprana y tierna.
No es posible hablar del pasado sin que hierva
el recuerdo cristalizado del dolor que he pasado.
No todas las mentiras son malas
─me dijeron. ─y así lo creí:
Hay algunas que son necesarias
para poder domar todos los miedos que existen
y dormir con ellos, en la misma cama,
con las mismas ropas y con el mismo sueño…
para darse tregua con la noche fatua,
llena de luciérnagas dormidas
o que ya no encienden,
para reconciliarnos con el cielo nublado
y no reclamar por su aspereza,
para entender las señas de esta sordera
que es una barrera invisible con el mundo
que me está gritando algo que duele
y que no me puede doler igual.
Esas mentiras no son mentiras, son tan solo
verdades paralelas
que me ayudan a seguir viviendo,
porque solo soy un golpeteo entre los albores
detenidos de un bosque en soledad,
con los sonidos perdidos…
una estación en donde las ondas del insonoro deben viajar
del vacío aprisionante y del aire espeso
hasta el eclipse en el espejo roto
que multiplica la oscuridad en silencio.
No se me permite llorar la mordaza de mi lengua,
que ya no se puede articular.
No me queda más que aceptar estas mentiras
porque son del mundo sus artificieras
y la piedad de estas no se detiene, aunque hiera…
─además, mi página se acaba
y mis líneas apresuran una despedida
para que todo vuelva a correr en otros rieles
de otra sangre.
que fluían lento en la presión
de los rieles de mi sangre,
mis venas eran vías apaciguadas
mientras se dilataba tu voz
que palpitaba en la sonoridad de
un canto incombustible: Belleza embelesada
como fósiles de una flor capturada a tiempo;
temprana y tierna.
No es posible hablar del pasado sin que hierva
el recuerdo cristalizado del dolor que he pasado.
No todas las mentiras son malas
─me dijeron. ─y así lo creí:
Hay algunas que son necesarias
para poder domar todos los miedos que existen
y dormir con ellos, en la misma cama,
con las mismas ropas y con el mismo sueño…
para darse tregua con la noche fatua,
llena de luciérnagas dormidas
o que ya no encienden,
para reconciliarnos con el cielo nublado
y no reclamar por su aspereza,
para entender las señas de esta sordera
que es una barrera invisible con el mundo
que me está gritando algo que duele
y que no me puede doler igual.
Esas mentiras no son mentiras, son tan solo
verdades paralelas
que me ayudan a seguir viviendo,
porque solo soy un golpeteo entre los albores
detenidos de un bosque en soledad,
con los sonidos perdidos…
una estación en donde las ondas del insonoro deben viajar
del vacío aprisionante y del aire espeso
hasta el eclipse en el espejo roto
que multiplica la oscuridad en silencio.
No se me permite llorar la mordaza de mi lengua,
que ya no se puede articular.
No me queda más que aceptar estas mentiras
porque son del mundo sus artificieras
y la piedad de estas no se detiene, aunque hiera…
─además, mi página se acaba
y mis líneas apresuran una despedida
para que todo vuelva a correr en otros rieles
de otra sangre.