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Aporía sin testigos

Ziler

Poeta recién llegado
Otro resquicio de ignorancia que transmuta en un hálito indetectable en la inmundicia de este arte, que a veces juega conmigo y otras veces es la acedía más loable que puedo cargar.

Ya solo distingo la opacidad del monótono cuadro barroco que se dibuja en un tenebrismo desde mi ventana; la cual, en su inaudible intento de dominar lo oscuro, deja un abigarrado sentimiento de nostalgia muerta.

No hay placeres que estimulen mi penumbra; ya escribir es una aporía sin testigos y leer es la cura intelectual a mis cuitas perdidas que, de tanto intentar quedarse como una alegoría trastornada, se intensificaron en esta soledad que perdura como un acre desdibujado, pero con un indiscutible sabor a papel remojado por el tiempo.

Con esta grisura que se tiñe, despido el intento de no morir en los claustros del recuerdo. No tengo una tribulación que extrañar: solo yo y este espejo, con una serie de amalgamas de sentimientos que se pudren en cada noche vigilante, con un murmullo que fácilmente rompe mi debilidad y se queda en mi oído como un solitario maestro.​
 
Otro resquicio de ignorancia que transmuta en un hálito indetectable en la inmundicia de este arte, que a veces juega conmigo y otras veces es la acedía más loable que puedo cargar.

Ya solo distingo la opacidad del monótono cuadro barroco que se dibuja en un tenebrismo desde mi ventana; la cual, en su inaudible intento de dominar lo oscuro, deja un abigarrado sentimiento de nostalgia muerta.

No hay placeres que estimulen mi penumbra; ya escribir es una aporía sin testigos y leer es la cura intelectual a mis cuitas perdidas que, de tanto intentar quedarse como una alegoría trastornada, se intensificaron en esta soledad que perdura como un acre desdibujado, pero con un indiscutible sabor a papel remojado por el tiempo.

Con esta grisura que se tiñe, despido el intento de no morir en los claustros del recuerdo. No tengo una tribulación que extrañar: solo yo y este espejo, con una serie de amalgamas de sentimientos que se pudren en cada noche vigilante, con un murmullo que fácilmente rompe mi debilidad y se queda en mi oído como un solitario maestro.​
La soledad se intensifica, la nostalgia se apodera del alma, y el dolor lo multiplica.
Muy elocuente Ziler.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 

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