Teo Moran
Poeta fiel al portal
-¡Aquí me hallo, de nuevo ante el designio!
En la sinfonía de un agua tediosa
que intenta reconfortar vanamente
a los juncos que adormecen en su cauce.
-¡Aquí me hallo, dispuesto a sobrevivir infeliz
en la lágrima impersonal de una mirada!
En el vocablo sumiso de dos fonemas
que jamás significarán para el río nada.
-¡Seré parsimonia en el umbral de la vejez
y esclusa para el respiro del recuerdo,
aunque solo soy remero a contracorriente!
Soy una voz sin pena y sin gloria que gime,
que grita bajo la cascada del universo,
en un vespertino susurro que nos odia
y en su dolor grita ferozmente nuestro nombre.
Intento que entienda el mundo mi dejadez,
que mi aullido no se oiga en las columnas
infranqueables de este mar de trigo,
y entrego mi dolor como manjar para los buitres,
necesito que aligeren mi carga y mi pena,
que sacien su hambre con el goce de un imposible,
-¿Pero quién es nadie para difamar y maldecir
sobre el cauto suspiro del hoy y el olvido?
Hoy siento mi libertad más apocada,
mis pensamientos en duelo lleno de difuntos,
debo ser tan estúpido que cuando te alcanzo
no se corresponde con lo que necesito,
y aún no entiendo porque miro la tele apagada
imaginando luces efervescentes y canciones
en la opacidad y en la oscuridad del sofá,
y no sé porqué aún busco a la infancia
dolida en la almohada de una fría habitación,
trato de explicarle que no todo termina,
que su presente será pasado en las manos,
la felicidad llegará sorbo a sorbo y el dolor,
estigma y causa de lo incierto brotará
buscando sitio en lo profundo del corazón.
-¿Quién queda? ¿Quién sigue a mi lado?
¿Cuándo se abandona uno así mismo
y se pierde en el placer del pesimismo?
Miro mis pasos, aquellas huellas dejadas atrás,
aquellos brazos que ya no siento míos,
aquel vaso de vino que no pude terminar,
aquella boca que me endulzó con su saliva,
aquella mirada que me hizo sonrojar,
y aún debiendo tiempo al devenir de la vida,
aún cuando los momentos se hacen reales,
sé que debo morir en la callada melodía
de un corazón que fallecerá sangrante
porque el mundo sin saber porqué se lo puso difícil
y sabe que lleva vivido más de la mitad de su vida,
que es posible que el mañana lleve mimbres de soledad,
que el hoy no sea más que un destello fugaz
en las galerías insoportables del pasado,
y sé que me busco pero no me encuentro,
que el camino dejó luces intermitentes,
unos fantasmas apoyados en los vértices del alma,
pero siempre guardaré aquel amor de niño,
aquella melodía enamorada de joven,
aquel rubor cuando callado miro tu cuerpo,
a los momentos que me hicieron mejor persona
sin saber como dar gracias por estar contigo.
Llevo aroma a laurel, a cerezo y olivo,
a las flores quemadas del camino antiguo,
llevo tardes abandonadas sin esperanza
que se pierden en lo más profundo del olvido,
a la risa de los que me aman y me lo recuerdan
cada vez que nos encontramos en el camino…
¡Y Vivir es el anhelo del verano que abrumado
busca refugio en las olas de un mar de trigo!
mientras el sol nos abandona en la melodía
olvidada sobre el cauce de un río interminable,
pero allí está, allí sigue el girasol mirando al cielo
como quien busca un atisbo de cordura
en la locura de un mundo que se agota,
y yo, rayo moribundo en la sombra del pinar
intento alcanzar un momento en la brevedad,
ser solo infinito en la delgadez de un nota
que con su melodía me lleva de nuevo a tu recuerdo.
En la sinfonía de un agua tediosa
que intenta reconfortar vanamente
a los juncos que adormecen en su cauce.
-¡Aquí me hallo, dispuesto a sobrevivir infeliz
en la lágrima impersonal de una mirada!
En el vocablo sumiso de dos fonemas
que jamás significarán para el río nada.
-¡Seré parsimonia en el umbral de la vejez
y esclusa para el respiro del recuerdo,
aunque solo soy remero a contracorriente!
Soy una voz sin pena y sin gloria que gime,
que grita bajo la cascada del universo,
en un vespertino susurro que nos odia
y en su dolor grita ferozmente nuestro nombre.
Intento que entienda el mundo mi dejadez,
que mi aullido no se oiga en las columnas
infranqueables de este mar de trigo,
y entrego mi dolor como manjar para los buitres,
necesito que aligeren mi carga y mi pena,
que sacien su hambre con el goce de un imposible,
-¿Pero quién es nadie para difamar y maldecir
sobre el cauto suspiro del hoy y el olvido?
Hoy siento mi libertad más apocada,
mis pensamientos en duelo lleno de difuntos,
debo ser tan estúpido que cuando te alcanzo
no se corresponde con lo que necesito,
y aún no entiendo porque miro la tele apagada
imaginando luces efervescentes y canciones
en la opacidad y en la oscuridad del sofá,
y no sé porqué aún busco a la infancia
dolida en la almohada de una fría habitación,
trato de explicarle que no todo termina,
que su presente será pasado en las manos,
la felicidad llegará sorbo a sorbo y el dolor,
estigma y causa de lo incierto brotará
buscando sitio en lo profundo del corazón.
-¿Quién queda? ¿Quién sigue a mi lado?
¿Cuándo se abandona uno así mismo
y se pierde en el placer del pesimismo?
Miro mis pasos, aquellas huellas dejadas atrás,
aquellos brazos que ya no siento míos,
aquel vaso de vino que no pude terminar,
aquella boca que me endulzó con su saliva,
aquella mirada que me hizo sonrojar,
y aún debiendo tiempo al devenir de la vida,
aún cuando los momentos se hacen reales,
sé que debo morir en la callada melodía
de un corazón que fallecerá sangrante
porque el mundo sin saber porqué se lo puso difícil
y sabe que lleva vivido más de la mitad de su vida,
que es posible que el mañana lleve mimbres de soledad,
que el hoy no sea más que un destello fugaz
en las galerías insoportables del pasado,
y sé que me busco pero no me encuentro,
que el camino dejó luces intermitentes,
unos fantasmas apoyados en los vértices del alma,
pero siempre guardaré aquel amor de niño,
aquella melodía enamorada de joven,
aquel rubor cuando callado miro tu cuerpo,
a los momentos que me hicieron mejor persona
sin saber como dar gracias por estar contigo.
Llevo aroma a laurel, a cerezo y olivo,
a las flores quemadas del camino antiguo,
llevo tardes abandonadas sin esperanza
que se pierden en lo más profundo del olvido,
a la risa de los que me aman y me lo recuerdan
cada vez que nos encontramos en el camino…
¡Y Vivir es el anhelo del verano que abrumado
busca refugio en las olas de un mar de trigo!
mientras el sol nos abandona en la melodía
olvidada sobre el cauce de un río interminable,
pero allí está, allí sigue el girasol mirando al cielo
como quien busca un atisbo de cordura
en la locura de un mundo que se agota,
y yo, rayo moribundo en la sombra del pinar
intento alcanzar un momento en la brevedad,
ser solo infinito en la delgadez de un nota
que con su melodía me lleva de nuevo a tu recuerdo.