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Aquella mañana

José Valverde Yuste

Poeta que considera el portal su segunda casa
Aquella mañana, presagiaba un bonito día. El sol se despertaba con alegría, iluminando la mañana con sus cándidos rayos aunque algunas nubecillas juguetonas presagiaban que podía encapotarse el día.
Sus tenues rayos, al amanecer, servían para calentar mis manos adormecidas. Así, entre oscuridad y brillo, despertaba la naturaleza. El sol y las nubes regalaron al mundo su brillantez con esperanza y vitalidad; con su eterna generosidad.


Los pájaros cantaban con alborozo, las flores abrían sus pétalos hermosos. El arroyo serpenteante entre adelfas y zarzamoras, era un tesoro escondido entre la naturaleza, sus aguas transparentes susurraban melodías, que acariciaban el alma con su dulce sutileza.
Las adelfas florecían en tonos rosados, mientras que las zarzamoras se enredaban con espinas, un contraste de belleza y peligro en armonía, que hacía que el lugar fuera aún más divino.

Allí perdía mi corazón en el murmullo del agua, mientras el sol se filtraba entre las hojas verdes, me sentía en un paraíso de calma y serenidad, donde todos mis problemas se desvanecen de repente.

Aquella mañana me esperaba mi niña, el tiempo estaba cambiando y aunque el frío podría
ser un obstáculo, era yo, quien me quería ausentar, porque algo urgente mi cuerpo pedía. Quizás armonía.
Sus ojos llenos de luz y alegría, en otro tiempo, ahora tristes y melancólicos tenía. Me hacían sentir que su amor se debilitaba, pero el deber llamaba y yo no podía alejarme de su lado, en aquella que amaneció con rayos de sol, y fría se había vuelto.

Pero en mi corazón su amor permanecía, y aunque me alejara, su recuerdo perduraría, pues aquella niña era mi luz, mi guía; y aunque el frío apretaba, su amor siempre me abrigaría.
Noté que mi cuerpo necesitaba la sincronía, pues como un reloj suizo funcionaba, y todos los elementos de mi cuerpo palpitaban en su universo, donde cada célula, cada átomo forma parte de un todo en perfecta conexión

Mis manos se mueven con destreza, mis pies caminan con firmeza en cada movimiento, cada pieza, sincronizada con maestría y certeza. Mi corazón latía, aunque un pesar sentía.
No sabía qué estaba pasando pero sufría, sufría porque creía iba a perderte, porque te irías. No sabía qué pasaba en mi corazón, pero el sufrimiento se apoderaba de mí.

Creía que iba a perderte, amor y también el arrullo de tu corazón.
El miedo me invadía, la incertidumbre me consumía, el temor de la soledad mi alma enfriaba. No sabía cómo enfrentar esta batalla, cómo luchar contra la angustia que me envolvía.

Pero en medio de la oscuridad, encontré una luz que me guiaba. Era tu amor, que aún resplandecía levemente. Tu entrega incondicional, ese congeniar me recordaba que juntos podíamos superar cualquier adversidad.

Aprendí que el sufrimiento es parte del amor, que la duda y el miedo pueden amenazarnos. Pero también descubrí que juntos somos invencibles, que nuestra unión es más fuerte que cualquier obstáculo.
Esta urgencia, que estallaba en mi mente, en mi cuerpo, en toda la constelación de este ser viviente es lo que quería transmitirte hoy vida mía y no te preocupes, porque llegaré sulfurado, pero llegaré, porque esto que siento por ti, no lo roba ni la muerte, vida mía.

Así que agradezco cada momento de sufrimiento, porque me enseñó a valorar tu amor.
Y ahora sé que, pase lo que pase, siempre estaremos juntos, contra viento y marea, por la eternidad de la vida.
 
Última edición:
Aquella mañana, presagiaba un bonito día. El sol se despertaba con alegría, iluminando la mañana con sus cándidos rayos aunque algunas nubecillas juguetonas presagiaban que podía encapotarse el día.
Sus tenues rayos, al amanecer, servían para calentar mis manos adormecidas. Así, entre oscuridad y brillo, despertaba la naturaleza. El sol y las nubes regalaron al mundo su brillantez con esperanza y vitalidad; con su eterna generosidad.


Los pájaros cantaban con alborozo, las flores abrían sus pétalos hermosos. El arroyo serpenteante entre adelfas y zarzamoras, era un tesoro escondido entre la naturaleza, sus aguas transparentes susurraban melodías, que acariciaban el alma con su dulce sutileza.
Las adelfas florecían en tonos rosados, mientras que las zarzamoras se enredaban con espinas, un contraste de belleza y peligro en armonía, que hacía que el lugar fuera aún más divino.

Allí perdía mi corazón en el murmullo del agua, mientras el sol se filtraba entre las hojas verdes, me sentía en un paraíso de calma y serenidad, donde todos mis problemas se desvanecen de repente.

Aquella mañana me esperaba mi niña, el tiempo estaba cambiando y aunque el frío podría
ser un obstáculo, era yo, quien me quería ausentar, porque algo urgente mi cuerpo pedía. Quizás armonía.
Sus ojos llenos de luz y alegría, en otro tiempo, ahora tristes y melancólicos tenía. Me hacían sentir que su amor se debilitaba, pero el deber llamaba y yo no podía alejarme de su lado, en aquella que amaneció con rayos de sol, y fría se había vuelto.

Pero en mi corazón su amor permanecía, y aunque me alejara, su recuerdo perduraría, pues aquella niña era mi luz, mi guía; y aunque el frío apretaba, su amor siempre me abrigaría.
Noté que mi cuerpo necesitaba la sincronía, pues como un reloj suizo funcionaba, y todos los elementos de mi cuerpo palpitaban en su universo, donde cada célula, cada átomo forma parte de un todo en perfecta conexión

Mis manos se mueven con destreza, mis pies caminan con firmeza en cada movimiento, cada pieza, sincronizada con maestría y certeza. Mi corazón latía, aunque un pesar sentía.
No sabía qué estaba pasando pero sufría, sufría porque creía iba a perderte, porque te irías. No sabía qué pasaba en mi corazón, pero el sufrimiento se apoderaba de mí.

Creía que iba a perderte, amor y también el arrullo de tu corazón.
El miedo me invadía, la incertidumbre me consumía, el temor de la soledad mi alma enfriaba. No sabía cómo enfrentar esta batalla, cómo luchar contra la angustia que me envolvía.

Pero en medio de la oscuridad, encontré una luz que me guiaba. Era tu amor, que aún resplandecía levemente. Tu entrega incondicional, ese congeniar me recordaba que juntos podíamos superar cualquier adversidad.

Aprendí que el sufrimiento es parte del amor, que la duda y el miedo pueden amenazarnos. Pero también descubrí que juntos somos invencibles, que nuestra unión es más fuerte que cualquier obstáculo.
Esta urgencia, que estallaba en mi mente, en mi cuerpo, en toda la constelación de este ser viviente es lo que quería transmitirte hoy vida mía y no te preocupes, porque llegaré sulfurado, pero llegaré, porque esto que siento por ti, no lo roba ni la muerte, vida mía.

Así que agradezco cada momento de sufrimiento, porque me enseñó a valorar tu amor.
Y ahora sé que, pase lo que pase, siempre estaremos juntos, contra viento y marea, por la eternidad de la vida.
Un amor imperecedero.

Un abrazo fuerte
 
Aquella mañana, presagiaba un bonito día. El sol se despertaba con alegría, iluminando la mañana con sus cándidos rayos aunque algunas nubecillas juguetonas presagiaban que podía encapotarse el día.
Sus tenues rayos, al amanecer, servían para calentar mis manos adormecidas. Así, entre oscuridad y brillo, despertaba la naturaleza. El sol y las nubes regalaron al mundo su brillantez con esperanza y vitalidad; con su eterna generosidad.


Los pájaros cantaban con alborozo, las flores abrían sus pétalos hermosos. El arroyo serpenteante entre adelfas y zarzamoras, era un tesoro escondido entre la naturaleza, sus aguas transparentes susurraban melodías, que acariciaban el alma con su dulce sutileza.
Las adelfas florecían en tonos rosados, mientras que las zarzamoras se enredaban con espinas, un contraste de belleza y peligro en armonía, que hacía que el lugar fuera aún más divino.

Allí perdía mi corazón en el murmullo del agua, mientras el sol se filtraba entre las hojas verdes, me sentía en un paraíso de calma y serenidad, donde todos mis problemas se desvanecen de repente.

Aquella mañana me esperaba mi niña, el tiempo estaba cambiando y aunque el frío podría
ser un obstáculo, era yo, quien me quería ausentar, porque algo urgente mi cuerpo pedía. Quizás armonía.
Sus ojos llenos de luz y alegría, en otro tiempo, ahora tristes y melancólicos tenía. Me hacían sentir que su amor se debilitaba, pero el deber llamaba y yo no podía alejarme de su lado, en aquella que amaneció con rayos de sol, y fría se había vuelto.

Pero en mi corazón su amor permanecía, y aunque me alejara, su recuerdo perduraría, pues aquella niña era mi luz, mi guía; y aunque el frío apretaba, su amor siempre me abrigaría.
Noté que mi cuerpo necesitaba la sincronía, pues como un reloj suizo funcionaba, y todos los elementos de mi cuerpo palpitaban en su universo, donde cada célula, cada átomo forma parte de un todo en perfecta conexión

Mis manos se mueven con destreza, mis pies caminan con firmeza en cada movimiento, cada pieza, sincronizada con maestría y certeza. Mi corazón latía, aunque un pesar sentía.
No sabía qué estaba pasando pero sufría, sufría porque creía iba a perderte, porque te irías. No sabía qué pasaba en mi corazón, pero el sufrimiento se apoderaba de mí.

Creía que iba a perderte, amor y también el arrullo de tu corazón.
El miedo me invadía, la incertidumbre me consumía, el temor de la soledad mi alma enfriaba. No sabía cómo enfrentar esta batalla, cómo luchar contra la angustia que me envolvía.

Pero en medio de la oscuridad, encontré una luz que me guiaba. Era tu amor, que aún resplandecía levemente. Tu entrega incondicional, ese congeniar me recordaba que juntos podíamos superar cualquier adversidad.

Aprendí que el sufrimiento es parte del amor, que la duda y el miedo pueden amenazarnos. Pero también descubrí que juntos somos invencibles, que nuestra unión es más fuerte que cualquier obstáculo.
Esta urgencia, que estallaba en mi mente, en mi cuerpo, en toda la constelación de este ser viviente es lo que quería transmitirte hoy vida mía y no te preocupes, porque llegaré sulfurado, pero llegaré, porque esto que siento por ti, no lo roba ni la muerte, vida mía.

Así que agradezco cada momento de sufrimiento, porque me enseñó a valorar tu amor.
Y ahora sé que, pase lo que pase, siempre estaremos juntos, contra viento y marea, por la eternidad de la vida.
Mil gracias luna roja por dejar tu huella en mi prosa. Ya sabes, es para mí un honor tenerte en mis poemas. Un abrazo con la pluma del alma
 
Aquella mañana, presagiaba un bonito día. El sol se despertaba con alegría, iluminando la mañana con sus cándidos rayos aunque algunas nubecillas juguetonas presagiaban que podía encapotarse el día.
Sus tenues rayos, al amanecer, servían para calentar mis manos adormecidas. Así, entre oscuridad y brillo, despertaba la naturaleza. El sol y las nubes regalaron al mundo su brillantez con esperanza y vitalidad; con su eterna generosidad.


Los pájaros cantaban con alborozo, las flores abrían sus pétalos hermosos. El arroyo serpenteante entre adelfas y zarzamoras, era un tesoro escondido entre la naturaleza, sus aguas transparentes susurraban melodías, que acariciaban el alma con su dulce sutileza.
Las adelfas florecían en tonos rosados, mientras que las zarzamoras se enredaban con espinas, un contraste de belleza y peligro en armonía, que hacía que el lugar fuera aún más divino.

Allí perdía mi corazón en el murmullo del agua, mientras el sol se filtraba entre las hojas verdes, me sentía en un paraíso de calma y serenidad, donde todos mis problemas se desvanecen de repente.

Aquella mañana me esperaba mi niña, el tiempo estaba cambiando y aunque el frío podría
ser un obstáculo, era yo, quien me quería ausentar, porque algo urgente mi cuerpo pedía. Quizás armonía.
Sus ojos llenos de luz y alegría, en otro tiempo, ahora tristes y melancólicos tenía. Me hacían sentir que su amor se debilitaba, pero el deber llamaba y yo no podía alejarme de su lado, en aquella que amaneció con rayos de sol, y fría se había vuelto.

Pero en mi corazón su amor permanecía, y aunque me alejara, su recuerdo perduraría, pues aquella niña era mi luz, mi guía; y aunque el frío apretaba, su amor siempre me abrigaría.
Noté que mi cuerpo necesitaba la sincronía, pues como un reloj suizo funcionaba, y todos los elementos de mi cuerpo palpitaban en su universo, donde cada célula, cada átomo forma parte de un todo en perfecta conexión

Mis manos se mueven con destreza, mis pies caminan con firmeza en cada movimiento, cada pieza, sincronizada con maestría y certeza. Mi corazón latía, aunque un pesar sentía.
No sabía qué estaba pasando pero sufría, sufría porque creía iba a perderte, porque te irías. No sabía qué pasaba en mi corazón, pero el sufrimiento se apoderaba de mí.

Creía que iba a perderte, amor y también el arrullo de tu corazón.
El miedo me invadía, la incertidumbre me consumía, el temor de la soledad mi alma enfriaba. No sabía cómo enfrentar esta batalla, cómo luchar contra la angustia que me envolvía.

Pero en medio de la oscuridad, encontré una luz que me guiaba. Era tu amor, que aún resplandecía levemente. Tu entrega incondicional, ese congeniar me recordaba que juntos podíamos superar cualquier adversidad.

Aprendí que el sufrimiento es parte del amor, que la duda y el miedo pueden amenazarnos. Pero también descubrí que juntos somos invencibles, que nuestra unión es más fuerte que cualquier obstáculo.
Esta urgencia, que estallaba en mi mente, en mi cuerpo, en toda la constelación de este ser viviente es lo que quería transmitirte hoy vida mía y no te preocupes, porque llegaré sulfurado, pero llegaré, porque esto que siento por ti, no lo roba ni la muerte, vida mía.

Así que agradezco cada momento de sufrimiento, porque me enseñó a valorar tu amor.
Y ahora sé que, pase lo que pase, siempre estaremos juntos, contra viento y marea, por la eternidad de la vida.
Mil gracias Maramín por dejar tu huella en mi prosa. Un abrazo con la pluma del alma
 

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