Bueno, voy a colgar la historia más triste que he conseguido hacer hasta el momento... Es un relato extenso, unas 165 páginas en word... espero que no os canse.
Por supuesto podeis mandarme todas las críticas que queráis, así podré mejorar cada día más ^^
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Cuando lo tienes todo, cuando todo está de tu parte y crees que te va a durar para siempre, te es muy difícil pensar que la vida pueda jugarte una mala pasada y que te pueda cambiar con tanta brusquedad que te pondría los vellos de punta. No piensas que pueda ocurrir algo que, de la noche a la mañana, pueda cambiar tu manera de pensar, de actuar, de comportarte con los demás… y sin embargo, eso no es así.
Para todos aquellos que piensan que lo tienen todo consigo y que les va a durar para siempre, la vida no es más que un juego que espera a que te levantes para ponerse en marcha. Para aquellos que viven intensamente la vida sin ninguna preocupación en sus mentes, les es muy difícil pensar que pueda haber alguien más en el mundo que, en estos mismísimos momentos, esté pasando por su infernal y odiosa vida actuando como un robot, como una máquina que espera a que se le acaben las pilas para dejar de funcionar.
Al principio yo era como vosotros. Creía que mi buena suerte, mis amigos, mis padres, mi vida en general iban a durarme para siempre… que no habría nada en este mundo que pudiese arrebatármelo de una forma cruel y despiadada. Sin embargo un día descubrí que yo no había nacido en este miserable y superficial mundo para pasar de inadvertida… yo había nacido para hacer algo grande, para dejar mi huella en él. Y, por muy duro y difícil que resultase para mí, una cría de apenas dieciséis años, ¿quién era yo para romper los hilos del destino?
Ésta es mi historia. No es ni hermosa, ni feliz… pero es lo que me ocurrió. Quizás no sea la típica historia que acaba con un final tan alegre que nos deja sonriendo durante horas, pero si lo fuese… sería una gran mentira.
Corría sobre los charcos de agua sucia que había sobre el asfalto, contemplando mi reloj. El cielo estaba completamente negro pese a ser las ocho y media de la mañana, ya que las nubes grisáceas que había en él oscurecían las calles y el ambiente matinal. Tenía que darme prisa… la clase saldría a la excursión en diez minutos y no se molestarían en esperarme. ¿Cómo se me podía haber olvidado la autorización si mi madre la había firmado precisamente la noche anterior?
Derrapé al doblar la esquina llevándome la mano al pecho, jadeando. Gotas gruesas de lluvia corrían libremente sobre mi rostro, tiñéndolo de un brillo especial y anormal. Los coches que pasaban por la carretera salpicaban a todos los transeúntes que pasaban cerca de ellos, por lo que tuve la debida precaución de apartarme lo suficiente de su trayectoria para no acabar chorreando. Aunque más mojada no podía estar…
Justo acababa de recorrer unos diez metros cuando pude vislumbrar mi casa entre aquel chaparrón que caía sobre mi cabeza; poseía dos plantas y un color rojizo precioso. La puerta estaba entreabierta, pero, teniendo en cuenta que mi madre debía estar a punto de irse, no era tan extraño. Seguramente estaría a punto de marcharse cuando se le había olvidado coger algo, como a mí acababa de pasarme… Sin pensar nada más, me adentré velozmente en el pasillo principal.
La casa estaba completamente a oscuras, lo que consiguió llamar mi atención. Aminoré la marcha conforme me acercaba a la mitad del pasillo, sintiendo de pronto un terrible mal presentimiento en el fondo de mi alma… y temí que pudiese haber ocurrido algo malo. Avancé más deprisa al ver la puerta de la cocina a diez escasos centímetros de mí. Lo que vi dentro de la estancia jamás podría olvidarlo…
Me quedé completamente estática ante el umbral de la puerta de la cocina, asombrada ante aquello que veían mis ojos. Mi rostro pasó del color carne al verde, e instantáneamente se tiñó de un blanquecino perla. Avancé unos cortos pasos mientras dejaba caer al suelo la mochila que llevaba sobre hombros. Mis manos comenzaron a temblar de pura impotencia, pensando que quizás aquello que veía en el suelo no era más que una cruel pesadilla que estaba teniendo antes de despertar.
Junto a la encimera negra sobre la cual mis padres cocinaban, se hallaban sus cuerpos sin vida rodeados de un gigantesco charco de sangre. Las extremidades de ambos estaban colocadas en un ángulo completamente anormal, dando la sensación de haber caído al suelo de una forma extraña. La cabeza de mi madre estaba limpiamente atravesada por un orificio de bala entre ceja y ceja, mientras que en el caso de mi padre le había atravesado el abdomen.
Llevé las manos a la boca sintiendo una ligera presión en el pecho mientras retrocedía unos pasos, completamente horrorizada. Lágrimas cristalinas comenzaron a correr por mis mejillas, que habían cogido un tono sonrosado. Aquello no podía estar pasando, aquellos no podían ser mis padres… ¿Cómo demonios…? ¿Y quién...? Las preguntas ni siquiera se atinaban a formar en mi mente, que estaba absolutamente bloqueada por el horror que acababa de ver.
Fue en ese instante cuando me fijé en que había una cuarta persona en esa habitación. Era un hombre… un tipo vestido elegantemente de unos aparente treinta años. El hombre se volteó para mirarme mientras se guardaba una pistola en la parte anterior de sus pantalones. Mi primer instinto fue salir corriendo, pero algo me frenaba: quizás la sonrisa maliciosa de aquel hombre, que me observaba estudiando mis reacciones.
Entonces se fue. Pasó como si nada a mi lado sin que yo hiciese nada por detenerlo, sin atreverme a seguirle con la mirada ni a exigirle que se quedase para darme explicaciones del asesinato que acababa de cometer. Solo me importaba el hecho de que mis padres estaban en la cocina atravesados por una bala, sin ninguna apariencia de levantarse para volver a arroparme entre sus brazos… Un portazo me avisó de que aquel hombre ya no estaba en la casa, y seguramente jamás lo volvería a ver.
Al alzar la mirada me percaté de un extraño mensaje sobre la pared del fondo de la instancia, justo al lado de la pared donde me encontraba; estaba pintado con la propia sangre de mis padres, sin lugar a dudas.
Una gran tormenta acaeció de golpe en ese lugar. Estridentes rayos y truenos retumbaban por todo el bosque, dejándolo tan iluminado que parecía que no existía ese gran manto de nubes negras que se cernía sobre todos los árboles del pasaje. El viento acompañaba a la tempestad, que hacía bailar bruscamente todos los abetos que había a mi alrededor. Y, por si fuera poco, el suelo arenoso que pisaban mis pies se había vuelto de un blando barro, hundiéndome varios centímetros en él.
Comencé a temblar de frío, mas no me importaba caer enferma. Cerré los ojos esperando paciente a que todo terminara, a que todo acabase de una vez. Y de pronto llegó a mi mente la imagen de dos cuerpos sin vida sobre el suelo, una imagen que aún perturbaba mis pesadillas… una imagen que nunca podría olvidar. Volví a abrir mis ojos, y ésta vez posé mi mirada sobre el rostro de mi oponente.
Aquel hombre que me sonreía con verdadera maldad no podría tener más de treinta años. Sus ojos eran de un tono plateado, y su corta cabellera, que le llegaba hasta los hombros en cascada, morena. Poseía una tez bronceada, y unos músculos tan marcados que parecían haberle costado meses de gimnasio. Verdaderamente yo, una chica de dieciséis años con un largo cabello rubio ondulado hasta media espalda, de ojos castaños y menudita, no podía hacer nada contra un hombre así. Eso era lo que realmente me ponía tan nerviosa.
-Al fin he dado contigo… -susurró mientras me miraba con malicia. –Mira que eres escurridiza.
No le contesté. Le seguí fulminando con la mirada, presa de una ira que no había sentido en meses. No me preocupaba morir, ya que no le importaría a nadie. Durante mucho tiempo había estado completamente sola, por eso sabía que no era el fin del mundo que una chica como yo desapareciese de la faz de la tierra. Recordé con tristeza esa etapa de mi vida en la que me había visto obligada a esconderme como una vil rata, a ocultarme de mi enemigo. Meses de dolor recordando una y otra vez que, si no hubiese sido por mí, nada de todo esto estaría pasando ahora… Jamás podría dejar de sentirme tan culpable. Apreté los puños con furia contenida, recordando que el desgraciado que había conseguido amargarme la vida estaba a pocos centímetros de mí.
-Y tú un maldito asesino que… -comencé, mirándole a los ojos con furia.
-No digas cosas que ambos ya sabemos –me interrumpió el hombre. –Por cierto, nunca nos hemos presentado, ¿cierto? Me llamo Saúl, y no podría decir que es un placer, porque mentiría.
No me enfadé por ese comentario. De todas formas no era nada hiriente para mí. Mi rostro y mi cabello estaban completamente mojados a causa de la lluvia que sucumbía, que no parecía tener ganas de concluir. Era una suerte el que estuviese diluviando, ya que al menos podía ocultarle a Saúl las lágrimas que desbordaban por mis mejillas.
-Me has dado grandes quebraderos de cabeza –continuó Saúl como quien no quiere la cosa. –No ha sido hasta Diciembre que he podido dar contigo, y eso que te persigo desde Septiembre… -dijo pensativo. –Bueno, pero de todas formas eso no es lo importante. ¿Qué tal si me acompañas a dar un pequeño paseo? A mi jefe le encantará conocerte…
-¿Acompañarte? Ni lo sueñes… -respondí con asco. –Dile a tu jefe que no se siga esforzando, jamás iré a verle el careto.
-Esa respuesta no le gustará, Samantha… –murmuró secamente, con voz amenazante y el rostro tenso.
Abrí los ojos de la sorpresa.
-¿Cómo… sabes mi nombre?
-Uno hace bien los deberes. ¿Sabes? –comentó de pronto, llevándose la mano hacia el interior de su abrigo. –Pensé que esto podría acabar bien. Ya sabes, sin que tuviese que matarte –apreté los puños mientras retrocedía. –Pero… me parece que no me dejas otra opción -entonces sacó del interior de su chaqueta negra de cuero una impresionante mágnum 38 y me apuntó a la cabeza sin más miramientos.
Me quedé estática. Primero observé con terror el rostro macabro de Saúl, y luego desvié la mirada hacia el cañón, que mantenía suspendido en el aire a cinco escasos centímetros de mis ojos. Mi mente se quedó completamente bloqueada, y mis manos comenzaron a temblar del miedo que comenzaba a sentir. La carrera había concluido. Ahora solo estaba Saúl, su mágnum, y yo… que estaba sin ningún arma con la que poder defenderme.
Fue entonces cuando me decidí. No podía dejar las cosas tal y como estaban, no podía dejar que ese tipo se saliese con la suya… Había llegado el momento de plantarle cara, aunque no sabía muy bien cómo iba a hacerlo. Bajé la cabeza sumiendo mi rostro en la más completa oscuridad, concentrándome en toda la ira acumulada desde aquel fatídico día... Saúl me miró con desconcierto, olvidando por un momento que entre sus manos portaba un arma con la que poder destruirme cuando quisiese. Levanté la cabeza en un segundo y volví a mirar a Saúl, con tal rabia en los ojos que haría retroceder a cualquiera. Pero no a mi adversario. Ese hombre seguía observándome con su arma entre las manos… cosa que cada vez conseguía ponerme más ansiosa.
Mis ojos se mantuvieron durante unos minutos sobre los plateados de Saúl, que me observaban con cierta expectación y emoción. No me interesaba eliminar a aquel tipejo del mapa, porque no quería convertirme en alguien de su mismo calibre. Me conformaba con infundirle tanto miedo en el cuerpo que saliese corriendo de aquel lugar olvidándose de mí, y ésta vez para siempre… Para que no volviese a buscarme, para que me dejase vivir en paz de una maldita vez. Pero antes de poder siquiera pensar cómo iba a conseguirlo, algo me distrajo.
Saúl disparó.
Por supuesto podeis mandarme todas las críticas que queráis, así podré mejorar cada día más ^^
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CAPÍTULO I
Cuando lo tienes todo, cuando todo está de tu parte y crees que te va a durar para siempre, te es muy difícil pensar que la vida pueda jugarte una mala pasada y que te pueda cambiar con tanta brusquedad que te pondría los vellos de punta. No piensas que pueda ocurrir algo que, de la noche a la mañana, pueda cambiar tu manera de pensar, de actuar, de comportarte con los demás… y sin embargo, eso no es así.
Para todos aquellos que piensan que lo tienen todo consigo y que les va a durar para siempre, la vida no es más que un juego que espera a que te levantes para ponerse en marcha. Para aquellos que viven intensamente la vida sin ninguna preocupación en sus mentes, les es muy difícil pensar que pueda haber alguien más en el mundo que, en estos mismísimos momentos, esté pasando por su infernal y odiosa vida actuando como un robot, como una máquina que espera a que se le acaben las pilas para dejar de funcionar.
Al principio yo era como vosotros. Creía que mi buena suerte, mis amigos, mis padres, mi vida en general iban a durarme para siempre… que no habría nada en este mundo que pudiese arrebatármelo de una forma cruel y despiadada. Sin embargo un día descubrí que yo no había nacido en este miserable y superficial mundo para pasar de inadvertida… yo había nacido para hacer algo grande, para dejar mi huella en él. Y, por muy duro y difícil que resultase para mí, una cría de apenas dieciséis años, ¿quién era yo para romper los hilos del destino?
Ésta es mi historia. No es ni hermosa, ni feliz… pero es lo que me ocurrió. Quizás no sea la típica historia que acaba con un final tan alegre que nos deja sonriendo durante horas, pero si lo fuese… sería una gran mentira.
Corría sobre los charcos de agua sucia que había sobre el asfalto, contemplando mi reloj. El cielo estaba completamente negro pese a ser las ocho y media de la mañana, ya que las nubes grisáceas que había en él oscurecían las calles y el ambiente matinal. Tenía que darme prisa… la clase saldría a la excursión en diez minutos y no se molestarían en esperarme. ¿Cómo se me podía haber olvidado la autorización si mi madre la había firmado precisamente la noche anterior?
Derrapé al doblar la esquina llevándome la mano al pecho, jadeando. Gotas gruesas de lluvia corrían libremente sobre mi rostro, tiñéndolo de un brillo especial y anormal. Los coches que pasaban por la carretera salpicaban a todos los transeúntes que pasaban cerca de ellos, por lo que tuve la debida precaución de apartarme lo suficiente de su trayectoria para no acabar chorreando. Aunque más mojada no podía estar…
Justo acababa de recorrer unos diez metros cuando pude vislumbrar mi casa entre aquel chaparrón que caía sobre mi cabeza; poseía dos plantas y un color rojizo precioso. La puerta estaba entreabierta, pero, teniendo en cuenta que mi madre debía estar a punto de irse, no era tan extraño. Seguramente estaría a punto de marcharse cuando se le había olvidado coger algo, como a mí acababa de pasarme… Sin pensar nada más, me adentré velozmente en el pasillo principal.
La casa estaba completamente a oscuras, lo que consiguió llamar mi atención. Aminoré la marcha conforme me acercaba a la mitad del pasillo, sintiendo de pronto un terrible mal presentimiento en el fondo de mi alma… y temí que pudiese haber ocurrido algo malo. Avancé más deprisa al ver la puerta de la cocina a diez escasos centímetros de mí. Lo que vi dentro de la estancia jamás podría olvidarlo…
Me quedé completamente estática ante el umbral de la puerta de la cocina, asombrada ante aquello que veían mis ojos. Mi rostro pasó del color carne al verde, e instantáneamente se tiñó de un blanquecino perla. Avancé unos cortos pasos mientras dejaba caer al suelo la mochila que llevaba sobre hombros. Mis manos comenzaron a temblar de pura impotencia, pensando que quizás aquello que veía en el suelo no era más que una cruel pesadilla que estaba teniendo antes de despertar.
Junto a la encimera negra sobre la cual mis padres cocinaban, se hallaban sus cuerpos sin vida rodeados de un gigantesco charco de sangre. Las extremidades de ambos estaban colocadas en un ángulo completamente anormal, dando la sensación de haber caído al suelo de una forma extraña. La cabeza de mi madre estaba limpiamente atravesada por un orificio de bala entre ceja y ceja, mientras que en el caso de mi padre le había atravesado el abdomen.
Llevé las manos a la boca sintiendo una ligera presión en el pecho mientras retrocedía unos pasos, completamente horrorizada. Lágrimas cristalinas comenzaron a correr por mis mejillas, que habían cogido un tono sonrosado. Aquello no podía estar pasando, aquellos no podían ser mis padres… ¿Cómo demonios…? ¿Y quién...? Las preguntas ni siquiera se atinaban a formar en mi mente, que estaba absolutamente bloqueada por el horror que acababa de ver.
Fue en ese instante cuando me fijé en que había una cuarta persona en esa habitación. Era un hombre… un tipo vestido elegantemente de unos aparente treinta años. El hombre se volteó para mirarme mientras se guardaba una pistola en la parte anterior de sus pantalones. Mi primer instinto fue salir corriendo, pero algo me frenaba: quizás la sonrisa maliciosa de aquel hombre, que me observaba estudiando mis reacciones.
Entonces se fue. Pasó como si nada a mi lado sin que yo hiciese nada por detenerlo, sin atreverme a seguirle con la mirada ni a exigirle que se quedase para darme explicaciones del asesinato que acababa de cometer. Solo me importaba el hecho de que mis padres estaban en la cocina atravesados por una bala, sin ninguna apariencia de levantarse para volver a arroparme entre sus brazos… Un portazo me avisó de que aquel hombre ya no estaba en la casa, y seguramente jamás lo volvería a ver.
Al alzar la mirada me percaté de un extraño mensaje sobre la pared del fondo de la instancia, justo al lado de la pared donde me encontraba; estaba pintado con la propia sangre de mis padres, sin lugar a dudas.
“Nada es lo que parece ser, y lo que parece ser algo… no es nada”
***3 meses después***
Una gran tormenta acaeció de golpe en ese lugar. Estridentes rayos y truenos retumbaban por todo el bosque, dejándolo tan iluminado que parecía que no existía ese gran manto de nubes negras que se cernía sobre todos los árboles del pasaje. El viento acompañaba a la tempestad, que hacía bailar bruscamente todos los abetos que había a mi alrededor. Y, por si fuera poco, el suelo arenoso que pisaban mis pies se había vuelto de un blando barro, hundiéndome varios centímetros en él.
Comencé a temblar de frío, mas no me importaba caer enferma. Cerré los ojos esperando paciente a que todo terminara, a que todo acabase de una vez. Y de pronto llegó a mi mente la imagen de dos cuerpos sin vida sobre el suelo, una imagen que aún perturbaba mis pesadillas… una imagen que nunca podría olvidar. Volví a abrir mis ojos, y ésta vez posé mi mirada sobre el rostro de mi oponente.
Aquel hombre que me sonreía con verdadera maldad no podría tener más de treinta años. Sus ojos eran de un tono plateado, y su corta cabellera, que le llegaba hasta los hombros en cascada, morena. Poseía una tez bronceada, y unos músculos tan marcados que parecían haberle costado meses de gimnasio. Verdaderamente yo, una chica de dieciséis años con un largo cabello rubio ondulado hasta media espalda, de ojos castaños y menudita, no podía hacer nada contra un hombre así. Eso era lo que realmente me ponía tan nerviosa.
-Al fin he dado contigo… -susurró mientras me miraba con malicia. –Mira que eres escurridiza.
No le contesté. Le seguí fulminando con la mirada, presa de una ira que no había sentido en meses. No me preocupaba morir, ya que no le importaría a nadie. Durante mucho tiempo había estado completamente sola, por eso sabía que no era el fin del mundo que una chica como yo desapareciese de la faz de la tierra. Recordé con tristeza esa etapa de mi vida en la que me había visto obligada a esconderme como una vil rata, a ocultarme de mi enemigo. Meses de dolor recordando una y otra vez que, si no hubiese sido por mí, nada de todo esto estaría pasando ahora… Jamás podría dejar de sentirme tan culpable. Apreté los puños con furia contenida, recordando que el desgraciado que había conseguido amargarme la vida estaba a pocos centímetros de mí.
-Y tú un maldito asesino que… -comencé, mirándole a los ojos con furia.
-No digas cosas que ambos ya sabemos –me interrumpió el hombre. –Por cierto, nunca nos hemos presentado, ¿cierto? Me llamo Saúl, y no podría decir que es un placer, porque mentiría.
No me enfadé por ese comentario. De todas formas no era nada hiriente para mí. Mi rostro y mi cabello estaban completamente mojados a causa de la lluvia que sucumbía, que no parecía tener ganas de concluir. Era una suerte el que estuviese diluviando, ya que al menos podía ocultarle a Saúl las lágrimas que desbordaban por mis mejillas.
-Me has dado grandes quebraderos de cabeza –continuó Saúl como quien no quiere la cosa. –No ha sido hasta Diciembre que he podido dar contigo, y eso que te persigo desde Septiembre… -dijo pensativo. –Bueno, pero de todas formas eso no es lo importante. ¿Qué tal si me acompañas a dar un pequeño paseo? A mi jefe le encantará conocerte…
-¿Acompañarte? Ni lo sueñes… -respondí con asco. –Dile a tu jefe que no se siga esforzando, jamás iré a verle el careto.
-Esa respuesta no le gustará, Samantha… –murmuró secamente, con voz amenazante y el rostro tenso.
Abrí los ojos de la sorpresa.
-¿Cómo… sabes mi nombre?
-Uno hace bien los deberes. ¿Sabes? –comentó de pronto, llevándose la mano hacia el interior de su abrigo. –Pensé que esto podría acabar bien. Ya sabes, sin que tuviese que matarte –apreté los puños mientras retrocedía. –Pero… me parece que no me dejas otra opción -entonces sacó del interior de su chaqueta negra de cuero una impresionante mágnum 38 y me apuntó a la cabeza sin más miramientos.
Me quedé estática. Primero observé con terror el rostro macabro de Saúl, y luego desvié la mirada hacia el cañón, que mantenía suspendido en el aire a cinco escasos centímetros de mis ojos. Mi mente se quedó completamente bloqueada, y mis manos comenzaron a temblar del miedo que comenzaba a sentir. La carrera había concluido. Ahora solo estaba Saúl, su mágnum, y yo… que estaba sin ningún arma con la que poder defenderme.
Fue entonces cuando me decidí. No podía dejar las cosas tal y como estaban, no podía dejar que ese tipo se saliese con la suya… Había llegado el momento de plantarle cara, aunque no sabía muy bien cómo iba a hacerlo. Bajé la cabeza sumiendo mi rostro en la más completa oscuridad, concentrándome en toda la ira acumulada desde aquel fatídico día... Saúl me miró con desconcierto, olvidando por un momento que entre sus manos portaba un arma con la que poder destruirme cuando quisiese. Levanté la cabeza en un segundo y volví a mirar a Saúl, con tal rabia en los ojos que haría retroceder a cualquiera. Pero no a mi adversario. Ese hombre seguía observándome con su arma entre las manos… cosa que cada vez conseguía ponerme más ansiosa.
Mis ojos se mantuvieron durante unos minutos sobre los plateados de Saúl, que me observaban con cierta expectación y emoción. No me interesaba eliminar a aquel tipejo del mapa, porque no quería convertirme en alguien de su mismo calibre. Me conformaba con infundirle tanto miedo en el cuerpo que saliese corriendo de aquel lugar olvidándose de mí, y ésta vez para siempre… Para que no volviese a buscarme, para que me dejase vivir en paz de una maldita vez. Pero antes de poder siquiera pensar cómo iba a conseguirlo, algo me distrajo.
Saúl disparó.
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