mariano dupont
Poeta fiel al portal
AVANCÉ
Como la ventisca
que sopla en la montaña
donde mora el cóndor,
señor de las tinieblas,
entre tempestades
y la penumbra de las nieblas.
Como llega a esa cumbre
el rayo del Sol
con la claridad
de la primera lumbre.
Así como el tenue colibrí
va picoteando
con la fineza del rocío
a las flores del estío.
Igual que el río
que va buscando sin cesar
al anchuroso mar.
Y como la perdiz
que medra en la alborada
y que comienza a entonar
su canción
en la mañana iluminada.
Así avancé
buscando su piel
de pétalo y de porcelana.
Esperé al amanecer
que traía el alba desde oriente
para abordar sus muslos
con la tibieza del Sol naciente.
Me arrimé con el impulso
de mil pájaros eróticos
con la suavidad
de sus picos de cristal.
Fui mas allá de la vida
y de lo extraño
y llegué suplicante
como un manso penitente.
Insistiendo persistente
como la aleta incansable
de un pez en el mar.
La acometí como la embestida
etérea de la luz
que desgarra las sombras.
Igual que la marea
que no violenta al mar.
La invadí como un buzo antiguo
que busca perlas con paciencia
en otros mares
y en el de Omán también.
Los gorriones de su pasión
cayeron desde el cielo
y recién me detuvieron
sus suspiros extenuados.
...............................................................
Como la ventisca
que sopla en la montaña
donde mora el cóndor,
señor de las tinieblas,
entre tempestades
y la penumbra de las nieblas.
Como llega a esa cumbre
el rayo del Sol
con la claridad
de la primera lumbre.
Así como el tenue colibrí
va picoteando
con la fineza del rocío
a las flores del estío.
Igual que el río
que va buscando sin cesar
al anchuroso mar.
Y como la perdiz
que medra en la alborada
y que comienza a entonar
su canción
en la mañana iluminada.
Así avancé
buscando su piel
de pétalo y de porcelana.
Esperé al amanecer
que traía el alba desde oriente
para abordar sus muslos
con la tibieza del Sol naciente.
Me arrimé con el impulso
de mil pájaros eróticos
con la suavidad
de sus picos de cristal.
Fui mas allá de la vida
y de lo extraño
y llegué suplicante
como un manso penitente.
Insistiendo persistente
como la aleta incansable
de un pez en el mar.
La acometí como la embestida
etérea de la luz
que desgarra las sombras.
Igual que la marea
que no violenta al mar.
La invadí como un buzo antiguo
que busca perlas con paciencia
en otros mares
y en el de Omán también.
Los gorriones de su pasión
cayeron desde el cielo
y recién me detuvieron
sus suspiros extenuados.
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