Évano
Libre, sin dioses.
He situado la bicicleta estática junto a la ventana que da a la piscina con la lona que la cubre. En ella se ha formado un charco de lluvia, en la curvatura lograda por el peso de la tela gruesa y azulada en su mitad. Unos cuantos aviones, esas avecillas nerviosas y simpáticas, acuden cada tarde a refrescarse del calor de este extraño septiembre. El agua y una hilera de hierbas han creado un diminuto pantano.
Hay una avecilla, de apariencia similar a las otras, aunque de movimientos eléctricos. No es más grande, ni más lista, pero corre por la lona detrás del resto cuando se acercan a la charca improvisada, echándolas y no dejándolas beber ni picotear los pequeños insectos. Cuando va por una punta, para sacar a una compañera fuera del paraíso momentáneo, las otras aprovechan para dar un trago raudo. Luego va a por estas y, por el otro extremo, las anteriormente expulsadas, penetran y beben y picotean, también rápidamente. Otras no se atreven a entrar. Tienen aspecto de moribundas.
Continúo pedaleando, medito la escena. Me digo que la charca contiene agua de sobras para todas las avecillas. Luego miro de reojo el periódico que he arrojado a la cama. La primera página habla de la muerte de un banquero poderoso, uno al que se le estiman seis mil millones de euros en bancos suizos, un paraíso, pero este fiscal. Dinero negro evadido de un país. Da igual el nombre porque cada estado tiene personajes de estos, avecillas avariciosas que quieren toda la charca para ellos, a pesar de que hay bastante para que todos beban y vivan tranquilos en lo momentáneo de una vida. No se investigarán las miles de muertes causadas por desahucios, los suicidios de las avecillas débiles, las decenas de años de sudor para pagar los altos intereses para que unos cuantos jueguen a ser los amos de la charca.
Oscurece y los pájaros se van. Yo sigo pedaleando sin lograr moverme del sitio, sin lograr entrar en el paraíso momentáneo de mi charca. Mientras, una Luna enorme asoma por el este, entre nubes de colores albos, grises y pálidos rosa. El mundo de los días se va y reina la noche, la oscuridad que deben sentir los muertos, e imagino al banquero yendo a las puertas del reino de los cielos. No se ha atrevido a llamar, sabe sin duda que no lo admitirán. Cae por el abismo ante los ojos de luces que lo miran. Aunque sé que esto último que he imaginado es un sueño, la ilusión del que no se atreve, la última esperanza de las avecillas moribundas.
Hay una avecilla, de apariencia similar a las otras, aunque de movimientos eléctricos. No es más grande, ni más lista, pero corre por la lona detrás del resto cuando se acercan a la charca improvisada, echándolas y no dejándolas beber ni picotear los pequeños insectos. Cuando va por una punta, para sacar a una compañera fuera del paraíso momentáneo, las otras aprovechan para dar un trago raudo. Luego va a por estas y, por el otro extremo, las anteriormente expulsadas, penetran y beben y picotean, también rápidamente. Otras no se atreven a entrar. Tienen aspecto de moribundas.
Continúo pedaleando, medito la escena. Me digo que la charca contiene agua de sobras para todas las avecillas. Luego miro de reojo el periódico que he arrojado a la cama. La primera página habla de la muerte de un banquero poderoso, uno al que se le estiman seis mil millones de euros en bancos suizos, un paraíso, pero este fiscal. Dinero negro evadido de un país. Da igual el nombre porque cada estado tiene personajes de estos, avecillas avariciosas que quieren toda la charca para ellos, a pesar de que hay bastante para que todos beban y vivan tranquilos en lo momentáneo de una vida. No se investigarán las miles de muertes causadas por desahucios, los suicidios de las avecillas débiles, las decenas de años de sudor para pagar los altos intereses para que unos cuantos jueguen a ser los amos de la charca.
Oscurece y los pájaros se van. Yo sigo pedaleando sin lograr moverme del sitio, sin lograr entrar en el paraíso momentáneo de mi charca. Mientras, una Luna enorme asoma por el este, entre nubes de colores albos, grises y pálidos rosa. El mundo de los días se va y reina la noche, la oscuridad que deben sentir los muertos, e imagino al banquero yendo a las puertas del reino de los cielos. No se ha atrevido a llamar, sabe sin duda que no lo admitirán. Cae por el abismo ante los ojos de luces que lo miran. Aunque sé que esto último que he imaginado es un sueño, la ilusión del que no se atreve, la última esperanza de las avecillas moribundas.