musador
esperando...
Mi hermana mayor vive en Mar del Plata, es bióloga. Es muy bichera. Cuando yo era adolescente y aún vivíamos bajo un mismo techo, recuerdo haber convivido con una yarará, una mulita, un quirquincho bola, un búho llamado Tito —supe después que su nombre científico es Tito alba—, varias tortugas... Además de ser mi hermana es mi madrina, quizás por eso, aunque de cristiano nada, salí medio bichero yo también.
Mi hermana tuvo tres hijos, buena gente. El del medio, Nicolás, tiene un humor muy especial y una curiosidad insaciable. Aún recuerdo su alegría cuando mi madre, su abuela, le regaló un imán.
A los dieciseis años, ya Nico tenía su personalidad, sus aficiones, y no era dócil, aunque sí bueno. Un día, en la clase de Literatura, la profesora les leyó un cuento de Cortázar llamado «Axolotl». Nico escuchó el relato con gran atención, fascinado probablemente por la genial manera en que Julio logra transformar a ese bicho repugnante, con sus mágicos pases de poeta, en su propio espejo de Narciso, en el que termina sumergido. Julio se detiene en detalles descriptivos, con hermoso realismo... Al terminar la lectura, la profesora les preguntó a los alumnos —para constatar su comprensión del texto, seguramente— qué creían ellos que eran los axolotl. Como muchos alumnos no la habían escuchado, y otros eran un tanto tímidos, es el caso de Nicolás —amén de que la pregunta le pareció tonta: acababa de leerlo—, la respuesta fue más bien tumultuosa. Al final la profesora soltó una cristalina carcajada, y calmó los ánimos, casi todos, explicándoles que Cortázar es un escritor fantástico, que inventa sus criaturas, que los axolotl son un magistral fruto de su fantasía. Esto fue demasiado para Nicolás, que levantó su mano y la mantuvo levantada hasta que la profesora condescendió, de mala gana, a preguntarle que quería decir: «Profesora -—dijo— en mi casa mi mamá tiene uno en la pecera: se llama Axel». Gran alboroto entre los alumnos, que aplaudieron encantados a Nicolás, creador de un nuevo método para poner en aprietos a las profesoras. La profesora lo descalificó, diciéndole que no debía perturbar la clase con sus estupideces. Nico, sonrojado, pidió permiso para ir a la biblioteca a buscar un diccionario. La profesora, segura de su victoria, se lo concedió. Allí fue Nico, y volvió, y triunfó.
En las familias numerosas —quizás en las otras también, no lo sé— hay anécdotas como esta, transformadas poco a poco en leyenda. Al correr de boca en boca, cada uno le agrega un bocado, y no está claro cuál fue el sucedido. El rumor que corre es que a la siguiente clase, al leer un cuento que trataba de cronopios, la profesora temblorosa miró tímidamente a Nicolás para que la autorizara, pero Nico estaba absorto en una carrera de escarabajos y no le prestó atención...
Mi hermana tuvo tres hijos, buena gente. El del medio, Nicolás, tiene un humor muy especial y una curiosidad insaciable. Aún recuerdo su alegría cuando mi madre, su abuela, le regaló un imán.
A los dieciseis años, ya Nico tenía su personalidad, sus aficiones, y no era dócil, aunque sí bueno. Un día, en la clase de Literatura, la profesora les leyó un cuento de Cortázar llamado «Axolotl». Nico escuchó el relato con gran atención, fascinado probablemente por la genial manera en que Julio logra transformar a ese bicho repugnante, con sus mágicos pases de poeta, en su propio espejo de Narciso, en el que termina sumergido. Julio se detiene en detalles descriptivos, con hermoso realismo... Al terminar la lectura, la profesora les preguntó a los alumnos —para constatar su comprensión del texto, seguramente— qué creían ellos que eran los axolotl. Como muchos alumnos no la habían escuchado, y otros eran un tanto tímidos, es el caso de Nicolás —amén de que la pregunta le pareció tonta: acababa de leerlo—, la respuesta fue más bien tumultuosa. Al final la profesora soltó una cristalina carcajada, y calmó los ánimos, casi todos, explicándoles que Cortázar es un escritor fantástico, que inventa sus criaturas, que los axolotl son un magistral fruto de su fantasía. Esto fue demasiado para Nicolás, que levantó su mano y la mantuvo levantada hasta que la profesora condescendió, de mala gana, a preguntarle que quería decir: «Profesora -—dijo— en mi casa mi mamá tiene uno en la pecera: se llama Axel». Gran alboroto entre los alumnos, que aplaudieron encantados a Nicolás, creador de un nuevo método para poner en aprietos a las profesoras. La profesora lo descalificó, diciéndole que no debía perturbar la clase con sus estupideces. Nico, sonrojado, pidió permiso para ir a la biblioteca a buscar un diccionario. La profesora, segura de su victoria, se lo concedió. Allí fue Nico, y volvió, y triunfó.
En las familias numerosas —quizás en las otras también, no lo sé— hay anécdotas como esta, transformadas poco a poco en leyenda. Al correr de boca en boca, cada uno le agrega un bocado, y no está claro cuál fue el sucedido. El rumor que corre es que a la siguiente clase, al leer un cuento que trataba de cronopios, la profesora temblorosa miró tímidamente a Nicolás para que la autorizara, pero Nico estaba absorto en una carrera de escarabajos y no le prestó atención...
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