Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Por fin ayer el destino se movió a mi favor, aquel sueño de agua, de amar en calma y de ríos desbordándose ante la mirada de sus líneas todas confluyendo en la delta de su espalda, se hizo realidad.
Al fin mis ojos se llenaron de su cuerpo al tiempo que mis manos con cuidado y lentamente retiraban de su piel cada una de las prendas de su ropa como si fueran la delicada cáscara de algún fruto en temporada. Muy despacio, como cae la tarde, su piel de noche cayó bajo las caricias de mis dedos que se desbordaban de cariño y miel, calor y celo. Lentamente, con una caligrafía que de perfecta no podía ser la mía y tal vez sí la de mis fantasmas, escribí sobre el horizonte de su piel todas las perversiones de soñar con ella, mi nombre una y otra vez con la esperanza de que jamás lo olvide y una sola vez el suyo para borrarlo de mis labios y de mi lenguaje cotidiano para convertirlo en mí credo, en la palabra central de cada una de mis oraciones.
Lo que sucedió allá, en la intimidad de la recamara entre su piel desnuda y las yemas de mis dedos, entre su alma que le dice que aún no es tiempo y sus ganas, y todo lo que he sido y quiero ser por su alma, por fortuna no tuvo conclusión. No llegó a ser aquél estallido de fuegos de artificio que iluminan con algarabía por segundos la noche de fiesta, no llegó a ser ese brevísimo instante en que los ojos miran hacia adentro y el cuerpo disfruta algunas convulsiones y después se torna indiferente y lacio y en el cual no importa si es de día o es de noche, si se ama o se odia, si se vive o al abrir los ojos el trabajo de la muerte está hecho. Si la conclusión de ese ayer así hubiera sido ¿qué sería de mis nuevos sueños a partir de ese instante? ¿qué sería de esa hermosa sensación que corre por mis venas cuando creo que sus ganas ya le han hablado al oído convenciéndole que ya es tiempo?
Eso sí, el agua que humedeció sus playas y mis ríos de forma calma y tibia cual si fuera la creciente marea provocada por una lejanísima tormenta inundó la habitación con un tenue aroma de fruta recién cortada, con el olor de tierra recién llovida, con el perfume de su piel que por indecisión, inmadurez o miedo, se quedó sin saber si perdía o ganaba.
A todo ayer le sigue un hoy y un mañana y a todo sueño le sigue un despertar, pero no a los míos. Desde ayer sigo con el mismo sueño de fundir en uno solo nuestros cuerpo y me han nacido otros que de solo recordarlos por el día me hacen sonrojar mientras la frente se me perla de sudor y me siento ante la mirada de la gente sorprendido en flagrante delito. Desde ayer tengo nuevas sensaciones y eso sí que es ganancia.
Por fortuna, ahora que el destino se movió a mi favor, no nacieron arrepentimientos, no hubo estallidos y lo más importante; no hubo conclusión.
Desde que escribí mi nombre en su espalda tengo la solida creencia que me llevara en su alma y con eso basta, tengo también, y eso es lo más importante, la firme convicción de que cada instante que viví a su lado regresará una y otra vez a recorrer con un tenue escalofrío cada centímetro de mí ser, a la mitad de cada uno de mis rezos.
Due 31 . 07. 2014 en una tarde en la cual la oscuridad de la noche va llenando lentamente todo, como la lluvia en mis ojos a la hora de la despedida.
Al fin mis ojos se llenaron de su cuerpo al tiempo que mis manos con cuidado y lentamente retiraban de su piel cada una de las prendas de su ropa como si fueran la delicada cáscara de algún fruto en temporada. Muy despacio, como cae la tarde, su piel de noche cayó bajo las caricias de mis dedos que se desbordaban de cariño y miel, calor y celo. Lentamente, con una caligrafía que de perfecta no podía ser la mía y tal vez sí la de mis fantasmas, escribí sobre el horizonte de su piel todas las perversiones de soñar con ella, mi nombre una y otra vez con la esperanza de que jamás lo olvide y una sola vez el suyo para borrarlo de mis labios y de mi lenguaje cotidiano para convertirlo en mí credo, en la palabra central de cada una de mis oraciones.
Lo que sucedió allá, en la intimidad de la recamara entre su piel desnuda y las yemas de mis dedos, entre su alma que le dice que aún no es tiempo y sus ganas, y todo lo que he sido y quiero ser por su alma, por fortuna no tuvo conclusión. No llegó a ser aquél estallido de fuegos de artificio que iluminan con algarabía por segundos la noche de fiesta, no llegó a ser ese brevísimo instante en que los ojos miran hacia adentro y el cuerpo disfruta algunas convulsiones y después se torna indiferente y lacio y en el cual no importa si es de día o es de noche, si se ama o se odia, si se vive o al abrir los ojos el trabajo de la muerte está hecho. Si la conclusión de ese ayer así hubiera sido ¿qué sería de mis nuevos sueños a partir de ese instante? ¿qué sería de esa hermosa sensación que corre por mis venas cuando creo que sus ganas ya le han hablado al oído convenciéndole que ya es tiempo?
Eso sí, el agua que humedeció sus playas y mis ríos de forma calma y tibia cual si fuera la creciente marea provocada por una lejanísima tormenta inundó la habitación con un tenue aroma de fruta recién cortada, con el olor de tierra recién llovida, con el perfume de su piel que por indecisión, inmadurez o miedo, se quedó sin saber si perdía o ganaba.
A todo ayer le sigue un hoy y un mañana y a todo sueño le sigue un despertar, pero no a los míos. Desde ayer sigo con el mismo sueño de fundir en uno solo nuestros cuerpo y me han nacido otros que de solo recordarlos por el día me hacen sonrojar mientras la frente se me perla de sudor y me siento ante la mirada de la gente sorprendido en flagrante delito. Desde ayer tengo nuevas sensaciones y eso sí que es ganancia.
Por fortuna, ahora que el destino se movió a mi favor, no nacieron arrepentimientos, no hubo estallidos y lo más importante; no hubo conclusión.
Desde que escribí mi nombre en su espalda tengo la solida creencia que me llevara en su alma y con eso basta, tengo también, y eso es lo más importante, la firme convicción de que cada instante que viví a su lado regresará una y otra vez a recorrer con un tenue escalofrío cada centímetro de mí ser, a la mitad de cada uno de mis rezos.
Due 31 . 07. 2014 en una tarde en la cual la oscuridad de la noche va llenando lentamente todo, como la lluvia en mis ojos a la hora de la despedida.
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