La babel de aroma de sardanápalo hiende su pico hierático en el crepúsculo de melancólica majestad divina.Desde allí,los ropajes ecuménicos visten la soberbia construcción con la apoteosis de una lúgubre centella en llamarada sacramental.El poder divino deviene en tiempo mortuorio.Y es entonces cuando el gladiador de ceñuda mirada gris va subiendo los peldaños copulando con la salvaje hiedra;salpicada con la sangre pura que hierve en las venas sagradas del dios del vino.¡Oh!noche fúnebre,ya has llegado.Y como un ladrón bíblico te deshaces en elogios centelleantes hacia la sabia y joven pitonisa que,con sus pies descalzos,remueve la tintura que ya corre como afluente benigno de la torre pagana;conmemorada a la soberbia de los enemigos declarados del denostado pueblo judío.Y como si de un fin apocalíptico se tratara,el relámpago magno hace trizas lo que queda de las ruinas por siempre paganas.