Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Bajo la lluvia los niños juegan.
No les importa el frío, ni el lodo, ni el trueno que rompe el cielo como si Dios también estuviera jugando a las escondidas.
Corren como si el mundo no doliera,
como si no existiera el hambre ni las despedidas.
Corren con la vida desbordándoseles por los pies mojados,
con la risa saliéndoles por los poros como si fuera música.
Y yo los miro.
Yo, que ya no juego,
que tengo los bolsillos llenos de cuentas por pagar y sueños vencidos.
Yo, que olvidé cómo se siente la lluvia en la cara sin pensar en resfriados,
sin pensar en horarios, sin pensar en nadie más que en el momento.
Pero ellos no.
Ellos son la infancia empapada,
el milagro de existir sin temor,
la poesía sin metáfora,
la ternura sin permiso.
Ellos saltan sobre charcos como si fueran océanos.
Se mojan hasta los huesos y no les importa,
porque todavía no conocen la palabra "renuncia".
Y yo, debajo de este paraguas gris que me cuida pero me aísla,
quisiera también mojarme los sueños.
Quisiera aprenderles el arte de la alegría inútil.
Quisiera perder la compostura,
quitarme los zapatos,
y correr detrás de ellos,
gritando su nombre,
como quien grita su propio nombre
para no olvidarse de quién es.
Pero no.
Me quedo aquí,
viendo cómo la lluvia les pertenece,
como si el cielo se abriera solo para ellos.
Y sonrío, porque en algún rincón de mí,
un niño también juega.
Todavía.
Bajo la lluvia.
No les importa el frío, ni el lodo, ni el trueno que rompe el cielo como si Dios también estuviera jugando a las escondidas.
Corren como si el mundo no doliera,
como si no existiera el hambre ni las despedidas.
Corren con la vida desbordándoseles por los pies mojados,
con la risa saliéndoles por los poros como si fuera música.
Y yo los miro.
Yo, que ya no juego,
que tengo los bolsillos llenos de cuentas por pagar y sueños vencidos.
Yo, que olvidé cómo se siente la lluvia en la cara sin pensar en resfriados,
sin pensar en horarios, sin pensar en nadie más que en el momento.
Pero ellos no.
Ellos son la infancia empapada,
el milagro de existir sin temor,
la poesía sin metáfora,
la ternura sin permiso.
Ellos saltan sobre charcos como si fueran océanos.
Se mojan hasta los huesos y no les importa,
porque todavía no conocen la palabra "renuncia".
Y yo, debajo de este paraguas gris que me cuida pero me aísla,
quisiera también mojarme los sueños.
Quisiera aprenderles el arte de la alegría inútil.
Quisiera perder la compostura,
quitarme los zapatos,
y correr detrás de ellos,
gritando su nombre,
como quien grita su propio nombre
para no olvidarse de quién es.
Pero no.
Me quedo aquí,
viendo cómo la lluvia les pertenece,
como si el cielo se abriera solo para ellos.
Y sonrío, porque en algún rincón de mí,
un niño también juega.
Todavía.
Bajo la lluvia.