El Poeta del Asfalto
Poeta adicto al portal
El Sur,
región de oscuro.
Piedra transparente de corazón duro
que rehúsa hospedar el Sol
en su frialdad helada.
El monarca intenta sin embargo,
continuar su marcha.
Conspira el invierno desde su balcón andino.
Lo ve aventurarse por senderos ocres del otoño,
y convoca a la nieve para una emboscada.
Comanda a los vientos, para el asalto
en pos de un Astro Rey destituido
que viene en su carruaje dorado de las tardes
a cortar las cintas de un nuevo ciclo de luz.
Frotándose las manos baja hasta el camino.
Viste pieles humildes que le cubren el azul de su piel de hielo.
El carruaje se detiene, y él le sonríe al Sol por la ventanilla de junio.
Se reclina ante él,
y le abre la puerta con una reverencia.
Pero cuando se apea le tiende la mano,
y luego la retira.
El Sol cae,
lento,
pero cae.
Entonces lanza el invierno un seña sombría,
y aparece tras la loma, del lado sin luz,
una tropa de nubes de tormenta
montada en las crines del Pampero.
Levantando polvareda con sus cascos de cristal
que conmueven la tierra.
Tras él ya viene a la carrera un Patagónico viento
desde la Tierra del Fuego.
Dividido en brisas decididas cubiertas de armazones de hielo.
Avanzan a un tiempo todos ,
asaltan el terreno llano y es desoladora la escena.
Sus sonoros gritos son estruendos artillados
poniendo en huída las postreras fuerzas de la tarde
que en fuga desorganizada, abandonan su estandarte de cobre
aún colgado del poniente.
Quedan sus últimas esperanzas de triunfo
en un temor de escarcha
que pisotea julio ya asomando a ocupar el terreno.
Es una punta certera de metal,
es un jinete al galope con su lanza
que se clava en el pecho de cristal de la noche que estalla en invierno.
Invierno,
sitio frío.
Soldado de botas de nieve.
Custodio de la tierra que se está remozando dormida
para que una fiebre de primaveras
no la agote con su amor prohibido que la lleva al abismo.
Invierno.
Deber profundo del Sur.
Piedra de hielo que aún sabiéndose débil y vencida,
desafía al Imperio del Sol.
Estaqueada ante las furias de septiembre
no develará su meridional guarida,
y desangrándose,
entre dientes murmurá a la primavera
una profecía en su antigua lengua helada:
“Sonreirás, serás fecunda.
Irá gritando tu retoño de verano por los prados bajo el arco iris.
Pero yo volveré.
Con un puñal helado en mi empecinamiento frío,
a cortarte los brotes tiernos.
Desearás nunca haber nacido,
pedirás a la tierra que te trague,
que te guarde los retoños.
Yo la cubriré hasta congelar el piso con mi cadáver blanco recostado.
Con lo oreja contra el suelo me pasaré los meses
buscando un tenue latido.
Quebrar profundo el corazón de tus semillas.
Volveré a devolverte a tu Ecuatorial feudo.
A enseñarle a tu encendido mediodía,
con una pedrada de granizo entre los ojos,
cuantos más altos que tú,
también cayeron.”
región de oscuro.
Piedra transparente de corazón duro
que rehúsa hospedar el Sol
en su frialdad helada.
El monarca intenta sin embargo,
continuar su marcha.
Conspira el invierno desde su balcón andino.
Lo ve aventurarse por senderos ocres del otoño,
y convoca a la nieve para una emboscada.
Comanda a los vientos, para el asalto
en pos de un Astro Rey destituido
que viene en su carruaje dorado de las tardes
a cortar las cintas de un nuevo ciclo de luz.
Frotándose las manos baja hasta el camino.
Viste pieles humildes que le cubren el azul de su piel de hielo.
El carruaje se detiene, y él le sonríe al Sol por la ventanilla de junio.
Se reclina ante él,
y le abre la puerta con una reverencia.
Pero cuando se apea le tiende la mano,
y luego la retira.
El Sol cae,
lento,
pero cae.
Entonces lanza el invierno un seña sombría,
y aparece tras la loma, del lado sin luz,
una tropa de nubes de tormenta
montada en las crines del Pampero.
Levantando polvareda con sus cascos de cristal
que conmueven la tierra.
Tras él ya viene a la carrera un Patagónico viento
desde la Tierra del Fuego.
Dividido en brisas decididas cubiertas de armazones de hielo.
Avanzan a un tiempo todos ,
asaltan el terreno llano y es desoladora la escena.
Sus sonoros gritos son estruendos artillados
poniendo en huída las postreras fuerzas de la tarde
que en fuga desorganizada, abandonan su estandarte de cobre
aún colgado del poniente.
Quedan sus últimas esperanzas de triunfo
en un temor de escarcha
que pisotea julio ya asomando a ocupar el terreno.
Es una punta certera de metal,
es un jinete al galope con su lanza
que se clava en el pecho de cristal de la noche que estalla en invierno.
Invierno,
sitio frío.
Soldado de botas de nieve.
Custodio de la tierra que se está remozando dormida
para que una fiebre de primaveras
no la agote con su amor prohibido que la lleva al abismo.
Invierno.
Deber profundo del Sur.
Piedra de hielo que aún sabiéndose débil y vencida,
desafía al Imperio del Sol.
Estaqueada ante las furias de septiembre
no develará su meridional guarida,
y desangrándose,
entre dientes murmurá a la primavera
una profecía en su antigua lengua helada:
“Sonreirás, serás fecunda.
Irá gritando tu retoño de verano por los prados bajo el arco iris.
Pero yo volveré.
Con un puñal helado en mi empecinamiento frío,
a cortarte los brotes tiernos.
Desearás nunca haber nacido,
pedirás a la tierra que te trague,
que te guarde los retoños.
Yo la cubriré hasta congelar el piso con mi cadáver blanco recostado.
Con lo oreja contra el suelo me pasaré los meses
buscando un tenue latido.
Quebrar profundo el corazón de tus semillas.
Volveré a devolverte a tu Ecuatorial feudo.
A enseñarle a tu encendido mediodía,
con una pedrada de granizo entre los ojos,
cuantos más altos que tú,
también cayeron.”