Bolero de Navidad

Teo Moran

Poeta fiel al portal
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¡Capitán…Cántate un bolero!
Al oír estas palabras dejé mi ensoñación y mala gana, volví la mirada y por un instante regresé del fastidio y del agobio de las compras, de la algarabía y los empujones del supermercado, de las prisas y los malhumores, solo volví de ese mundo para ver la persona que pronunció esas extrañas palabras.
Entonces vi a un anciano enjuto, delgado como una hoja de afeitar, pero con un porte quijotesco y una sonrisa resplandeciente, como la de un niño que espera un hermoso regalo, con chaqueta de traje y un chaleco de lino, unos zapatos negros y brillantes y en lo alto de su cabeza un sombrero de Panamá..
Le vi como se acercaba con paso lento pero decidido al mostrador de la carnicería, y en medio del tumulto que esperaba su turno, se apoyaba con sus manos en el cristal y volvía a gritar emocionado… ¡Cántate un bolero capitán!
Tras el mostrador, el carnicero con una amplia sonrisa, mientras atendía a los clientes iba entonando un bolero con voz suave, de vez en cuando se acercaba al anciano que agudizaba el oído al escuchar ese bolero, notaba como se encogía y la emoción lo embargaba, como agachaba la cabeza y al rato sonreía ante el compás imaginario de la canción.
Ya no estás más a mi lado, corazón
En el alma sólo tengo soledad
Y si ya no puedo verte
Porque Dios me hizo quererte
Para hacerme sufrir más…
En un momento dado, el anciano se pone en medio del pasillo y con su dama soñada baila felizmente, se abraza al aire mientras se mueve lentamente, y con los ojos entornados tararea la letra de la canción. Yo fascinado veía a la clientela entusiasmada por aquella súbita representación, tanto por la del carnicero que sonriendo entonaba la canción, como por el arranque del anciano y su feliz baile.
Siempre fuiste la razón de mi existir
Adorarte para mí fue religión
Y en tus besos yo encontraba
El calor que me brindaba
El amor y la pasión…
Yo sonreía al verlos a los dos, como aún en la distancia de sus días dieron vida a su íntimo jardín y hoy las flores lo llenan de pasión, al tiempo impasible que les separa y a su vez los une en la melodía, como sin darse cuenta el mundo que les rodea se vuelven uno solo, o al menos solo les separa la nostalgia de un amor lejano.
Contemplé que el anciano estaba casi ciego, porque cuando intentaba leer algo se lo acercaba tanto a sus ojos que pareciera que más que leer estaba oliendo su aroma, y aún así, casi siempre pedía a alguien que le leyera lo escrito, hasta de vez en cuando venía personal del supermercado y de la mano se lo llevaba a coger lo que necesitaba, se le veía reír picarescamente cuando era una chica hermosa la que le llevaba de la mano, y como de la nada, al rato volvía y a viva voz decía…
¡Capitán, cántate el bolero!
El carnicero con una enorme sonrisa, al tiempo que cortaba los filetes entonaba la canción.
Es la historia de un amor
Como no hay otro igual
Que me hizo comprender
Todo el bien, todo el mal
Que le dio luz a mi vida
Apagándola después
Ay que vida tan oscura
Sin tu amor no viviré
Cuando terminó el bolero, cuando las últimas notas cesaron, los villancicos del centro empezaron a retumbar tras el silencio quedado por aquellos dos actores inesperados, y tal como vino el anciano desapareció entre los pasillos del supermercado, y no sé por qué, una felicidad me embargó el alma, una tenue alegría se fue abriendo paso, y esa esperanza que llega con estos días festivos, la grata sensación que nos otorga la Navidad y como ésta recorre mi pecho, ver a esas galerías donde nos escondemos y poco a poco nos van ahogando con todos los problemas que nos trae la vida, como de repente se fueron desvaneciendo, y la gente de mi alrededor que antes me abrumaba ahora los miraba con distintos ojos, y sin darme cuenta, con una amplia sonrisa les deseaba felices navidades.
Llené la cesta con todo lo que necesitaba, mas algún capricho que antes no quería y ahora me parecía imprescindible para mi dieta. Algún dulce que salpique mis papilas gustativas con su sabor y algún buen vino que me alegre el ánimo en mis ratitos de tranquilidad.
Con paso lento, con una sonrisa en mis labios y con la certeza de que el mundo es portentoso, con la convicción de que siempre nos sorprende y nos llena el corazón con su melodía, que solo hace falta estar atento para poder así escuchar su hermosa canción, de que la Navidad es un tiempo de reencuentro con uno mismo, me fui susurrando suavemente el bolero que se hizo un hueco en mi corazón.
Es la historia de un amor…
 

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