Javier Palanca
Poeta fiel al portal
BOURBON VERSUS LOQUEROS
Ya estaba harto de simularme vivo, como si cada mañana saliera de mi crisálida haciendo el esfuerzo inmenso de poner las alas en movimiento. De médico en médico, de pastillas en pastillas, como gallina en gallinero picoteando sin que nada cambiara.
¿La razón? Escondida en algún agujero maldito del superespacio cerebral.
Podía estar con mujeres y hacerlas disfrutar con recursos bondadosos. La tristeza no tiene porque ir unida a la desatención. Pero yo me volvía a casa como si hubiera cargado un camión con sacos de cemento.
El caso es que decidí que vivir por vivir tampoco era obligación. Decidí largarme por la puerta de atrás.
Puestos a escoger me pareció que echar mano de mi botiquín, repleto de Lexatín, Tranquimazín, Diazepan, Tranxilium, etc, era una agradable solución.
Pero ya puestos me apetecía hacerlo con estilo y como mis ahorros ya no me harían falta me fui tarjeta en mano a Las añadas de España y me compré un bourbon del que no diré el precio.
Acomodado en el sofá, tan tranquilo, empecé con la primera tanda de pastillas y un trago directamente de la botella para el buenas noches sin buenos días.
Cuando me llegó el retrogusto del brebaje se me erizaron los pelos de placer. En un acto reflejo me metí los dedos hasta lo más profundo de mi garganta y vomité la noche y el día.
Ese bourbon se convirtió en mi primer placer. Y así como desgracias parecen llamar desgracias, mi placer llamaba placeres aunque con calma.
Como anécdota relevante confesaré que en un revolcón con Helena tuve una erección y, ella siempre tan graciosa, se puso a aplaudir y a cantar ¡ole y ole!
Ya estaba harto de simularme vivo, como si cada mañana saliera de mi crisálida haciendo el esfuerzo inmenso de poner las alas en movimiento. De médico en médico, de pastillas en pastillas, como gallina en gallinero picoteando sin que nada cambiara.
¿La razón? Escondida en algún agujero maldito del superespacio cerebral.
Podía estar con mujeres y hacerlas disfrutar con recursos bondadosos. La tristeza no tiene porque ir unida a la desatención. Pero yo me volvía a casa como si hubiera cargado un camión con sacos de cemento.
El caso es que decidí que vivir por vivir tampoco era obligación. Decidí largarme por la puerta de atrás.
Puestos a escoger me pareció que echar mano de mi botiquín, repleto de Lexatín, Tranquimazín, Diazepan, Tranxilium, etc, era una agradable solución.
Pero ya puestos me apetecía hacerlo con estilo y como mis ahorros ya no me harían falta me fui tarjeta en mano a Las añadas de España y me compré un bourbon del que no diré el precio.
Acomodado en el sofá, tan tranquilo, empecé con la primera tanda de pastillas y un trago directamente de la botella para el buenas noches sin buenos días.
Cuando me llegó el retrogusto del brebaje se me erizaron los pelos de placer. En un acto reflejo me metí los dedos hasta lo más profundo de mi garganta y vomité la noche y el día.
Ese bourbon se convirtió en mi primer placer. Y así como desgracias parecen llamar desgracias, mi placer llamaba placeres aunque con calma.
Como anécdota relevante confesaré que en un revolcón con Helena tuve una erección y, ella siempre tan graciosa, se puso a aplaudir y a cantar ¡ole y ole!