charlie ía
tru váyolens
no solamente es una espléndida historia,
sino también una atestada de romántica melancolía:
cada quinientos años que nos reunimos
a la cima de la montaña
mandamos
todo lo escrito a la mierda,
según relata la necrología dorada de conze.
algo así como las poetas suicidas
que, viniendo a este mundo cada cierto período de tiempo
acaban hasta el coño de las pendejadas
que nos miran hacer a los otros. esas cada vez más
contemporáneas, pero a la vez menos doradas:
esas que los demás tratamos de llevar
poniéndonos hasta las orejas
de imbecilidad y sexo y amor stéreo
o cualquier otro atributo semántico que nos vaya jodiendo la vida
cada vez un poco más de a poco.
a veces ocurre. justo cuando alcanzo
el nivel adecuado en la sangre, lo sobrellevo
jodidamente bien dentro de mi particular nibbana:
pero ella aún no está en condiciones
de levantar la frente y caminar
en línea recta hacia el horizonte, en dirección al sol.
a veces la alcanzo
oh lama
y aún no es que yo esté en condiciones para caminar o conducir
sobre esa putísima línea recta
infinita en dirección al sol;
para atravesar el río que, desbocándose sobre la ensenada,
hace desaparecer la montaña
cada vez un poco más de a poco: la lamo
porque he conducido demasiado acompañado del conocimiento del odio,
de aquel incontenible
que sólo puede entretenerse
observando las olas perderse en dirección al sol.