Jonatan Segen
Poeta recién llegado
Cada gota de lluvia tiene un propósito,
me dijo un día un gran sabio.
Cada flor que alimenta, cada grano que humedece,
cada niño que calma, cada rio que engrandece,
son color y vida sobre hendidos labios,
voces de paz ante los agravios.
Ya lo sé, me dijo aquel maestro,
casi como leyendo mis pensamientos,
así como emana orquídeas,
es secuaz de malos vientos,
sus súbitas olas destrozan grandes cimientos,
parecen tomar recelo por nuestros fatales agravios
y como barbaros de antaño,
arrasan nuestros más firmes sueños,
golpean con constancia espigones del puerto.
¿Acaso un embrujo me ha condenado?,
pregunta el incauto ahogado en su ego,
en medio del miedo.
Un vidrio empañado nubla sus pupilas,
Amnesia de charcos y botas amarillas,
de fugaces destellos de un mundo sin recelo,
ajeno a la dicha que trasciende avaricias,
pura y sin afán de justicia,
sin litigios entre lo malo y lo bueno.
Hay deudas que no pueden ser pagadas,
amigo mío,
ni con blancas palomas ni con campos de lirios,
tan solo debe el alma apremiada,
alzar la mirada y sobre su cara empapada,
dejar fluir aquel riego,
que viene desde el mismo empíreo.
Sin más que decir y con poco equipaje,
alzando su mirada y sonriendo hacia al cielo,
partió el sabio por un estrecho camino,
sin darme la gracia, aún, de verle de nuevo.
me dijo un día un gran sabio.
Cada flor que alimenta, cada grano que humedece,
cada niño que calma, cada rio que engrandece,
son color y vida sobre hendidos labios,
voces de paz ante los agravios.
Ya lo sé, me dijo aquel maestro,
casi como leyendo mis pensamientos,
así como emana orquídeas,
es secuaz de malos vientos,
sus súbitas olas destrozan grandes cimientos,
parecen tomar recelo por nuestros fatales agravios
y como barbaros de antaño,
arrasan nuestros más firmes sueños,
golpean con constancia espigones del puerto.
¿Acaso un embrujo me ha condenado?,
pregunta el incauto ahogado en su ego,
en medio del miedo.
Un vidrio empañado nubla sus pupilas,
Amnesia de charcos y botas amarillas,
de fugaces destellos de un mundo sin recelo,
ajeno a la dicha que trasciende avaricias,
pura y sin afán de justicia,
sin litigios entre lo malo y lo bueno.
Hay deudas que no pueden ser pagadas,
amigo mío,
ni con blancas palomas ni con campos de lirios,
tan solo debe el alma apremiada,
alzar la mirada y sobre su cara empapada,
dejar fluir aquel riego,
que viene desde el mismo empíreo.
Sin más que decir y con poco equipaje,
alzando su mirada y sonriendo hacia al cielo,
partió el sabio por un estrecho camino,
sin darme la gracia, aún, de verle de nuevo.