Calle Cortes 1990

María Baena

Miembro del Jurado
Miembro del equipo
Miembro del JURADO DE LA MUSA
A veces la muerte parece serena,

su rostro guarda la paz

y confunde mi pensamiento.

Cuando encaro la vida

la siento pujante, llena,

me rocía de aromas

de caricias ciertas

y brinca fuerte

como una yegua sin jinete.

La sombra de “la negra” me penetra

como la lanza fría del desamor,

como la muerte.

Me parece atroz,

pienso que detrás de su espalda

todo es incierto, cortante,

y me enloquece;

no me atrevo

a adentrarme más en su alma insegura,

en su imagen de duda.

Pero cuando llego a “mi calle”

tan alejada de mi vida,

sus colores diversos

de ropas, de caras, de funerales,

su bullicio a rastras,

su alegría ausente,

los gritos en las caras,

tantos ojos cerrados

tantos cuerpos casi yacentes

que recuerdan al “Cachorro”

que va expirando

esquina tras esquina,

rodeado de gente

con otras vidas que apenas se tocan,

se cruzan,

y los niños que crecen

mirándose en espejos negros

y con la música de los lamentos

y la furia del dolor

dentro de sus vientres.

Me parece, compañera última,

que tu manto de noche

es una buena alianza.

Y sólo entonces

en “mi calle” he visto

rostros serenos, paz en la frente

y llantos ausentes.

Sólo lloramos algunos por sus vidas,

sólo a veces.
 
A veces la muerte parece serena,

su rostro guarda la paz

y confunde mi pensamiento.

Cuando encaro la vida

la siento pujante, llena,

me rocía de aromas

de caricias ciertas

y brinca fuerte

como una yegua sin jinete.

La sombra de “la negra” me penetra

como la lanza fría del desamor,

como la muerte.

Me parece atroz,

pienso que detrás de su espalda

todo es incierto, cortante,

y me enloquece;

no me atrevo

a adentrarme más en su alma insegura,

en su imagen de duda.

Pero cuando llego a “mi calle”

tan alejada de mi vida,

sus colores diversos

de ropas, de caras, de funerales,

su bullicio a rastras,

su alegría ausente,

los gritos en las caras,

tantos ojos cerrados

tantos cuerpos casi yacentes

que recuerdan al “Cachorro”

que va expirando

esquina tras esquina,

rodeado de gente

con otras vidas que apenas se tocan,

se cruzan,

y los niños que crecen

mirándose en espejos negros

y con la música de los lamentos

y la furia del dolor

dentro de sus vientres.

Me parece, compañera última,

que tu manto de noche

es una buena alianza.

Y sólo entonces

en “mi calle” he visto

rostros serenos, paz en la frente

y llantos ausentes.

Sólo lloramos algunos por sus vidas,

sólo a veces.
Procesional poema, viento de emociones para
controlar esos estadios de la muerte. compañera
que no adorada deja espirales de sentimientos
perdidos.
el poema es hermoso y reporta un vaho de
adoracion a la vida. felicidades. magnifico.
luzyabsenta
 

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