A veces la muerte parece serena,
su rostro guarda la paz
y confunde mi pensamiento.
Cuando encaro la vida
la siento pujante, llena,
me rocía de aromas
de caricias ciertas
y brinca fuerte
como una yegua sin jinete.
La sombra de “la negra” me penetra
como la lanza fría del desamor,
como la muerte.
Me parece atroz,
pienso que detrás de su espalda
todo es incierto, cortante,
y me enloquece;
no me atrevo
a adentrarme más en su alma insegura,
en su imagen de duda.
Pero cuando llego a “mi calle”
tan alejada de mi vida,
sus colores diversos
de ropas, de caras, de funerales,
su bullicio a rastras,
su alegría ausente,
los gritos en las caras,
tantos ojos cerrados
tantos cuerpos casi yacentes
que recuerdan al “Cachorro”
que va expirando
esquina tras esquina,
rodeado de gente
con otras vidas que apenas se tocan,
se cruzan,
y los niños que crecen
mirándose en espejos negros
y con la música de los lamentos
y la furia del dolor
dentro de sus vientres.
Me parece, compañera última,
que tu manto de noche
es una buena alianza.
Y sólo entonces
en “mi calle” he visto
rostros serenos, paz en la frente
y llantos ausentes.
Sólo lloramos algunos por sus vidas,
sólo a veces.
su rostro guarda la paz
y confunde mi pensamiento.
Cuando encaro la vida
la siento pujante, llena,
me rocía de aromas
de caricias ciertas
y brinca fuerte
como una yegua sin jinete.
La sombra de “la negra” me penetra
como la lanza fría del desamor,
como la muerte.
Me parece atroz,
pienso que detrás de su espalda
todo es incierto, cortante,
y me enloquece;
no me atrevo
a adentrarme más en su alma insegura,
en su imagen de duda.
Pero cuando llego a “mi calle”
tan alejada de mi vida,
sus colores diversos
de ropas, de caras, de funerales,
su bullicio a rastras,
su alegría ausente,
los gritos en las caras,
tantos ojos cerrados
tantos cuerpos casi yacentes
que recuerdan al “Cachorro”
que va expirando
esquina tras esquina,
rodeado de gente
con otras vidas que apenas se tocan,
se cruzan,
y los niños que crecen
mirándose en espejos negros
y con la música de los lamentos
y la furia del dolor
dentro de sus vientres.
Me parece, compañera última,
que tu manto de noche
es una buena alianza.
Y sólo entonces
en “mi calle” he visto
rostros serenos, paz en la frente
y llantos ausentes.
Sólo lloramos algunos por sus vidas,
sólo a veces.