Osidiria
Poeta asiduo al portal
(Mitos y Leyendas)
Un joven altivo y apuesto
pasea escondido entre las sombras
de las angostas calles Toledanas que van a desembocar a la Catedral,
lleva todo el brío del amor ardiendo en su pecho
y en su sangre palpita todo un milenio de frustraciones y desengaños
producido por el desencanto de un amor no correspondido.
Necesitaba un conjuro, un maleficio
para que un amor imposible fuera del alcance de sus fuerzas
bajase del mundo de lo inalcanzable y pisara la tierra,
y la diablesa, dama oscura y temida por sus malas artes y magia negra,
se lo podía proporcionar.
No lo dudó,
pagaría lo que de la boca de ese relámpago negro saliera
con tal de conseguir los encantos de la Dama Blanca,
que le robó, no sólo el corazón,
sino también el alma que un día tuviera
dejando su vida al antojo del infierno más tenebroso.
Tuvo su cuerpo, sí,
lo gozó hasta que las yemas de los dedos le sangraron
y ya sin fuerzas para sujetar su corazón en el pecho se le cayó al suelo,
pero jamás la tuvo a ella, y además,
para conseguir su deseo
hubo de dejar en prenda su alma en el infierno.
Desde entonces,
cuenta la leyenda que todas las noches de luna llena
su espectro vaga por las aceras de este lúgubre callejón
buscando quien quiera celebrar su entierro,
pero nadie se atreve a cerrar su féretro
porque, a pesar de llevar varios siglos muerto,
aún tiene los ojos abiertos.
Un joven altivo y apuesto
pasea escondido entre las sombras
de las angostas calles Toledanas que van a desembocar a la Catedral,
lleva todo el brío del amor ardiendo en su pecho
y en su sangre palpita todo un milenio de frustraciones y desengaños
producido por el desencanto de un amor no correspondido.
Necesitaba un conjuro, un maleficio
para que un amor imposible fuera del alcance de sus fuerzas
bajase del mundo de lo inalcanzable y pisara la tierra,
y la diablesa, dama oscura y temida por sus malas artes y magia negra,
se lo podía proporcionar.
No lo dudó,
pagaría lo que de la boca de ese relámpago negro saliera
con tal de conseguir los encantos de la Dama Blanca,
que le robó, no sólo el corazón,
sino también el alma que un día tuviera
dejando su vida al antojo del infierno más tenebroso.
Tuvo su cuerpo, sí,
lo gozó hasta que las yemas de los dedos le sangraron
y ya sin fuerzas para sujetar su corazón en el pecho se le cayó al suelo,
pero jamás la tuvo a ella, y además,
para conseguir su deseo
hubo de dejar en prenda su alma en el infierno.
Desde entonces,
cuenta la leyenda que todas las noches de luna llena
su espectro vaga por las aceras de este lúgubre callejón
buscando quien quiera celebrar su entierro,
pero nadie se atreve a cerrar su féretro
porque, a pesar de llevar varios siglos muerto,
aún tiene los ojos abiertos.
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