Arturo Ciorán
Poeta recién llegado
Trajinan mis dedos,
se agudizan mis oídos,
alguien habla enfrente,
mis ojos lo siguen,
se mascullan palabras,
se mueven las quijadas;
todos los estímulos exteriores
me mantienen ajeno a mí.
Pero en el dial del reloj
se indica la hora del abismo.
Se cierran los libros,
se acallan las voces,
se traga saliva,
se apagan los cigarrillos
y el silencio se apodera del aposento.
He de irme.
Fuera, el asfalto y las losas
están abigarradas de gente.
Altos, flacos,
gordos, bajos,
laburantes, holgazanes,
bien vestidos o demodé.
Su bullicio se amalgama
al hedor a nafta y al runrún de los motores.
Estoy seguro de todo eso
y también de esto:
nadie está tan solo como yo.
El peso de la savia urbana
se cierne sobre mí.
Soy demasiado individuo
para esta masa.
El parangón con ellos
es inexorable.
Si cierro los ojos,
la diferencia no sería evidente.
se agudizan mis oídos,
alguien habla enfrente,
mis ojos lo siguen,
se mascullan palabras,
se mueven las quijadas;
todos los estímulos exteriores
me mantienen ajeno a mí.
Pero en el dial del reloj
se indica la hora del abismo.
Se cierran los libros,
se acallan las voces,
se traga saliva,
se apagan los cigarrillos
y el silencio se apodera del aposento.
He de irme.
Fuera, el asfalto y las losas
están abigarradas de gente.
Altos, flacos,
gordos, bajos,
laburantes, holgazanes,
bien vestidos o demodé.
Su bullicio se amalgama
al hedor a nafta y al runrún de los motores.
Estoy seguro de todo eso
y también de esto:
nadie está tan solo como yo.
El peso de la savia urbana
se cierne sobre mí.
Soy demasiado individuo
para esta masa.
El parangón con ellos
es inexorable.
Si cierro los ojos,
la diferencia no sería evidente.
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