Solía caminar por esa calle, solitaria como su espíritu, lleno de bajas luces y rostros pálidos en el anonimato.
Simplemente sucumbía su mirada sobre las vidrieras frías, atendidas por tan solo un persona, entre silencios e indiferencias. Los murmullos solo eran bocinas y frenadas, y el tan solo buscaba como objetivo un libro, su mejor libro, su bella edición.
Eligió minuciosamente la galería, y al encontrarla, se lanzo al desafío, al tibio desafío de encontrar el libro perfecto, las palabras justas, el edén de la emoción.
Esa librería era (mas que nada por su aspecto) un local de muchos años, añejo a la hora del polvo y las razones, el papel, la hoja, el lapicero.
Estante por estante, fue mirando lentamente, observando su nueva adquisición.
Primero los primero estantes derechos, luego los segundos, pasando por los tres primeros estantes izquierdos hasta el quinto estante bien arriba, era nada menos que una aventura escrita en prosa de su autor favorito, pero inédito, sin dudarlo lo tomo, pago y se echo a volar quien sabe donde y por que calles de Buenos Aires.
Simplemente sucumbía su mirada sobre las vidrieras frías, atendidas por tan solo un persona, entre silencios e indiferencias. Los murmullos solo eran bocinas y frenadas, y el tan solo buscaba como objetivo un libro, su mejor libro, su bella edición.
Eligió minuciosamente la galería, y al encontrarla, se lanzo al desafío, al tibio desafío de encontrar el libro perfecto, las palabras justas, el edén de la emoción.
Esa librería era (mas que nada por su aspecto) un local de muchos años, añejo a la hora del polvo y las razones, el papel, la hoja, el lapicero.
Estante por estante, fue mirando lentamente, observando su nueva adquisición.
Primero los primero estantes derechos, luego los segundos, pasando por los tres primeros estantes izquierdos hasta el quinto estante bien arriba, era nada menos que una aventura escrita en prosa de su autor favorito, pero inédito, sin dudarlo lo tomo, pago y se echo a volar quien sabe donde y por que calles de Buenos Aires.