Tobare
Poeta recién llegado
Mujer, no te asustes
porque quien golpea la puerta
no es nadie más que yo:
un hombre que perdió toda su sangre.
Sé que luzco pordiosero
y es que los caminos en los que me dejaste
son sin techo
donde el sol golpea fuerte.
Así que te cuento brevemente
que en el exilio divagué
bajo horribles fiebres
y retiros que nada me dejaron.
Bailé danzas corpóreas con sombras que olvidaron sus brújulas en secos esteros,
y bebí tragos tan amargos hasta que desmayé de frío.
Admito poco aprendí, y extrañé mi hogar,
por lo que para no perder
el camino de regreso
hacia tus mejillas, caderas y tobillos
he dejado yo fragmentos
de mi corazón rutero
repartidos en los cuatro puntos cardinales
para seguir de vuelta sobre
estos pasos malditos
que me dejaron en este precipicio.
¿Cómo te ha ido? Te pregunto
mientras dibujas una gélida mueca
capaz de cortar rebanadas de aire petrificado,
y de pronto tú me cierras la puerta.
Ahora sin ti ya murió mi canto.
Porque no te imaginas como extraño esos ojos
en donde se podía dormir toda una noche hasta nacer de nuevo,
así que yo te cantaba caricias mientras volábamos
y desde abajo nos espiaban las estrellas.
¿Dónde habrán ido a parar tus manos?
Arquitecta de constelaciones taciturnas,
melancólica niña, entera ambidiestra
si toda la tristeza del mundo reposaba en tu sonrisa
y sublimes alegrías manaban de tus lágrimas de pena,
eras el invierno lento y doloroso
recitándome una canción de cuna.
¿Qué es de tu pelo negro como la culpa?
o la noche en donde lloró tu gemela primavera
tomarte la mano era tocar una sonata en guitarra
parado solo de frente mirando al universo,
una caricia tuya era una siesta
bajo la sombra veraniega de un manzano alegre,
y un beso tuyo, oh amor mío,
un beso tuyo era el antídoto suficiente
para matar a la muerte.
porque quien golpea la puerta
no es nadie más que yo:
un hombre que perdió toda su sangre.
Sé que luzco pordiosero
y es que los caminos en los que me dejaste
son sin techo
donde el sol golpea fuerte.
Así que te cuento brevemente
que en el exilio divagué
bajo horribles fiebres
y retiros que nada me dejaron.
Bailé danzas corpóreas con sombras que olvidaron sus brújulas en secos esteros,
y bebí tragos tan amargos hasta que desmayé de frío.
Admito poco aprendí, y extrañé mi hogar,
por lo que para no perder
el camino de regreso
hacia tus mejillas, caderas y tobillos
he dejado yo fragmentos
de mi corazón rutero
repartidos en los cuatro puntos cardinales
para seguir de vuelta sobre
estos pasos malditos
que me dejaron en este precipicio.
¿Cómo te ha ido? Te pregunto
mientras dibujas una gélida mueca
capaz de cortar rebanadas de aire petrificado,
y de pronto tú me cierras la puerta.
Ahora sin ti ya murió mi canto.
Porque no te imaginas como extraño esos ojos
en donde se podía dormir toda una noche hasta nacer de nuevo,
así que yo te cantaba caricias mientras volábamos
y desde abajo nos espiaban las estrellas.
¿Dónde habrán ido a parar tus manos?
Arquitecta de constelaciones taciturnas,
melancólica niña, entera ambidiestra
si toda la tristeza del mundo reposaba en tu sonrisa
y sublimes alegrías manaban de tus lágrimas de pena,
eras el invierno lento y doloroso
recitándome una canción de cuna.
¿Qué es de tu pelo negro como la culpa?
o la noche en donde lloró tu gemela primavera
tomarte la mano era tocar una sonata en guitarra
parado solo de frente mirando al universo,
una caricia tuya era una siesta
bajo la sombra veraniega de un manzano alegre,
y un beso tuyo, oh amor mío,
un beso tuyo era el antídoto suficiente
para matar a la muerte.