angel del olvido
Poeta asiduo al portal
En primera, quiero dejar claro que no tengo razones para aporrear el teclado a las cinco de la madrugada. No hay nadie del otro lado del cuadro: ni mujeres, ni bares, ni pedazos de esperanza, ni sabiduría hecha capsula nocturna. Estoy solo. Me gusta escribirlo. Podría escribirlo mil veces en mil pieles distintas, en mil momentos distintos y el aburrimiento no me cogería de la sien. Estoy solo, otra vez, no hay nadie del otro lado del cuadro a quién molestar. No hay hombres a quién juzgar, ni mujeres a quién sorprender con un bonito trozo de carta roja. Estoy tan solo que las películas de Woody Allen han iniciado a deprimirme, (y es qué, ¿Cómo le dices a un director de cine que abandone su trabajo y se pegue un tiro? Si. Decirle que me deprime tanto que por un momento siento que dios es estadounidense) y después me echo al piso a llorar
Paul Klee también estaba solo, la mujer que caminaba por un puente agitando un paraguas roto, también estaba sola. Ella se ha convertido en un cuadro sin pintura, en una modesta ecuación de tercer grado, en la peste de una colmena de rosas marchitas. Esa mujer es la que me incita a no colocar un rostro en mi cabeza, a de manera perfumada y corriente, defenderme del vacío y soledad del universo, con un argumento en muletas. Aquella mujer no es la musa, ni la inspiración, ni el alma, ni la ciudad de este minúsculo ser, sino la puta imagen de un borracho acostado sobre los senos de un volcán.
No voy a pedir disculpas, tengo la seguridad de que nadie me lee. Y sin embargo, ¿no es estúpido sentirse seguro de una petición que consume a la consciencia? Tal vez por ello, es que no me dicen genio, sino estúpido.
No voy a pedir disculpas, tengo la seguridad de que nadie me lee. Y sin embargo, ¿no es estúpido sentirse seguro de una petición que consume a la consciencia? Tal vez por ello, es que no me dicen genio, sino estúpido.