Carta para la persona que me arruinó la calma

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Mecenas
No sé exactamente en qué momento comencé a habitarte.
Tal vez fue aquella noche
en la que me miraste como si vieras detrás de mi voz,
o quizá cuando descubrí
que después de ti
el silencio empezó a sonar distinto.

Yo era una persona tranquila antes de conocerte.
Dormía sin imaginar escenarios imposibles,
escuchaba canciones sin buscar tu nombre escondido entre los versos,
y podía mirar la lluvia
sin sentir ganas absurdas de escribirte.

Pero llegaste tú.

Y desde entonces
todo tiene tu manera de quedarse.

Te metiste en mis hábitos,
en mis madrugadas,
en la forma exacta en que sostengo una taza de café
mientras pienso en cosas que jamás debieron pasar.

Lo peor es que nunca prometiste nada.
Fui yo quien convirtió tus gestos pequeños
en lugares donde quedarse a vivir.

Ahora camino por la ciudad
como quien perdió algo importante
aunque no pueda explicarle al mundo exactamente qué fue.

Porque arruinar la calma de alguien
no siempre significa destruirlo.

A veces significa despertar emociones
que estaban demasiado dormidas.

Y eso hiciste conmigo.

Me enseñaste el peligro de sentir bonito.
La tragedia de encontrar a alguien
capaz de hacerte feliz
y vulnerable al mismo tiempo.

No te escribo para que vuelvas.
Las despedidas también merecen dignidad.

Solo quería que supieras
que hay personas que llegan a nuestra vida
como una tormenta elegante:

sin pedir permiso,
sin avisar cuánto dolerán,
y dejando todo oliendo a recuerdo
mucho tiempo después de irse.
 

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