Jairo Castillo Romerin
Poeta adicto al portal
CASA CRISTALINA
Alrededor todo es polvo/
edredones con desidias,
espolones que de tanto usarse
ahora se desplazan en sentido inverso
hacia la espera.
Las ventanas arruinaron la certidumbre
de la luz otean pabilos o velas
pero los pasillos sucumben por devoción
a la heredad de los pesares
de sus óxidos y sales.
¿Qué fábricas de hambre pulen sus dientes
con delantales de pana en una sala hueca?
¿Dónde los reflejos del espejo sucumben
en extravíos de llamas y resuellos
después que el propietario se ufana en creer
en la virtud de los colores?
Las alcobas alquilan algo de claror,
aullidos que son mecenas de algún olvido
disecan espetados aromas de velas.
Camas donde cavila algún sueño indecente caen
desde sus tablillas de vigilias,
pieles y musgos colgando de las sábanas,
desnudos en sórdidos escaparates
cuerpos que ya nadie nombra, ni se acuerda.
pero siguen esperando allí
la otra vera
cruzar la otra ribera de un enfado.
Toda la advertencia de la aguja cifra los ojos.
Toda la aridez precave su inocencia vengativa.
Alrededor todo es polvo/
edredones con desidias,
espolones que de tanto usarse
ahora se desplazan en sentido inverso
hacia la espera.
Las ventanas arruinaron la certidumbre
de la luz otean pabilos o velas
pero los pasillos sucumben por devoción
a la heredad de los pesares
de sus óxidos y sales.
¿Qué fábricas de hambre pulen sus dientes
con delantales de pana en una sala hueca?
¿Dónde los reflejos del espejo sucumben
en extravíos de llamas y resuellos
después que el propietario se ufana en creer
en la virtud de los colores?
Las alcobas alquilan algo de claror,
aullidos que son mecenas de algún olvido
disecan espetados aromas de velas.
Camas donde cavila algún sueño indecente caen
desde sus tablillas de vigilias,
pieles y musgos colgando de las sábanas,
desnudos en sórdidos escaparates
cuerpos que ya nadie nombra, ni se acuerda.
pero siguen esperando allí
la otra vera
cruzar la otra ribera de un enfado.
Toda la advertencia de la aguja cifra los ojos.
Toda la aridez precave su inocencia vengativa.
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