Nat Guttlein
さん
La necrópolis se extiende
se refleja en el espejo,
la niebla flota como ángeles,
los rastros del piso dan indicios que no ves.
La noche me acoge y grita,
las mismas víctimas golpean,
rompen,
rasguñan con dedos podridos,
y gargantas inundadas en pus.
La ropa de siempre cubre lápidas,
repletas y llenas con amores a olvidar,
tatuada en números de resacas,
de aquellas que te preguntan dónde estás,
de las que escucho en la ducha.
Los fantasmas de siempre bailan,
saltan alrededor de fotos como maleficios
y poemas vacíos de propaganda.
El mismo monstruo arrastrándose por las paredes,
canta a mis oídos.
El mismo cigarro apoyado sobre tu mano,
el mismo polvo que sabe a gloria
y las mismas pastillitas que dan risa.
Aquellas que te limpian las lágrimas de la cara.
se refleja en el espejo,
la niebla flota como ángeles,
los rastros del piso dan indicios que no ves.
La noche me acoge y grita,
las mismas víctimas golpean,
rompen,
rasguñan con dedos podridos,
y gargantas inundadas en pus.
La ropa de siempre cubre lápidas,
repletas y llenas con amores a olvidar,
tatuada en números de resacas,
de aquellas que te preguntan dónde estás,
de las que escucho en la ducha.
Los fantasmas de siempre bailan,
saltan alrededor de fotos como maleficios
y poemas vacíos de propaganda.
El mismo monstruo arrastrándose por las paredes,
canta a mis oídos.
El mismo cigarro apoyado sobre tu mano,
el mismo polvo que sabe a gloria
y las mismas pastillitas que dan risa.
Aquellas que te limpian las lágrimas de la cara.