Alejandro Leza
Poeta recién llegado
Este cuerpo,
derruye el recato vertido en un caldero,
azuzado por un fuego que no cesa;
un cuerpo que tiembla con la fuerza de la ira,
entronizada cuando la garra injusta,
azota la carne del que no se mueve.
Nada en el horizonte,
solo sangre sollozante por un destino
que nadie quiere al final de su camino;
la culpa de quien mata,
de quien ejecuta con la mano de un Dios,
que ya no ve lo que las ovejas pastan.
Es un niño,
con el corazón rajado e impotente,
gritando versos y salmos que no llegan,
al lugar bendito a donde deben;
es la guerra,
indolente ante el dolor de tanta gente...
tal y como ha sido siempre.
derruye el recato vertido en un caldero,
azuzado por un fuego que no cesa;
un cuerpo que tiembla con la fuerza de la ira,
entronizada cuando la garra injusta,
azota la carne del que no se mueve.
Nada en el horizonte,
solo sangre sollozante por un destino
que nadie quiere al final de su camino;
la culpa de quien mata,
de quien ejecuta con la mano de un Dios,
que ya no ve lo que las ovejas pastan.
Es un niño,
con el corazón rajado e impotente,
gritando versos y salmos que no llegan,
al lugar bendito a donde deben;
es la guerra,
indolente ante el dolor de tanta gente...
tal y como ha sido siempre.