José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
Una ambulancia en la noche,con sirena y lanza-destellos se sube por la acera,
se detiene en paralelo al coche,
parado en la calle, con el tic-toc del “warning” activado.
Tiene las lunas tintadas.
La música a todo trapo molestando al vecindario.
Es un tango. “Esta noche me emborracho” de Carlos Gardel.
Un viandante se asoma a la ventanilla, no puede ver nada.
A lo lejos, se escucha una voz desgarrada.
Son gritos y llantos.
Es una mujer con los tacones en la mano, lleva las medias rotas
y un vestido corto ajironado.
Llega a la altura del coche, jadea, se inclina para coger aire,
le tiemblan las manos, mira al cielo pidiendo ayuda.
Fija la mirada en la ventanilla del conductor, no logra ver su interior.
Las luces lanza-destellos de color azul se reflejan en el cristal.
Es la policía que acaba de llegar.
Un vecino les llamó.
Sacan la linterna con luz potente y traspasa el cristal tintado del coche. Ven a un hombre al volante.
La puerta está cerrada.
Dan la vuelta y rompen el cristal de la ventanilla del lado del copiloto.
Abren y ven al hombre manchado de sangre. Un cuchillo y una botella de ron vacía en la alfombrilla.
Los sanitarios se acercan para auxiliarle.
No hay muchas esperanzas, ha perdido mucha sangre.
Lleva cortes en las muñecas y un tajo en el cuello.
Intentan reanimarlo.
Encuentran una foto de mujer en su mano, arrugada.
Lo introducen en la ambulancia tumbado en una camilla.
Activan las luces y la sirena, y aceleran hacia el hospital. El hombre no llega con vida.
La policía interroga a los presentes.
La mujer del vestido ajironado está tumbada en el suelo, ha entrado en shock, no articula palabra alguna.
Tiene los ojos desorbitados, vidriosos… Nadie sabe nada,
solo ella puede despejar la sospecha de lo que fue.
Nadie la conoce.
No es del barrio.
El hombre del coche tampoco.
Los vecinos empiezan a elucubrar.
Otra ambulancia aparece. Se llevan a la mujer inconsciente.
Los policías colocan cinta policial alrededor para proteger la escena, solo se queda una patrulla, el resto se van.
Ya las luces y las sirenas han desaparecido.
Los vecinos siguen elucubrando.
Ya solo se escucha el chismorreo en la calle. Y a Carlos Gardel…
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