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Claudia

OvejaNegra

Poeta recién llegado
Era una muchacha alegre, de piel tersa y blanquecina, con unos grandes ojos de un color oscuro pero luminoso. Tenía unos labios preciosos, y unas mejillas rojizas y hermosas. Era perfecta.
Resultaban de una preciosidad inmensa cualquier gesto que hiciese. Recuerdo con añoranza, la felicidad que conseguía ungir en mí.
En aquella época, era, sin duda alguna, mi droga predilecta. La única capaz de darme vida. Me volví totalmente dependiente, y ese fue el error.
Al pasar de los días, su esencia cautivó a la mía, que nunca antes había conocido el amor, y la llevó a un paraíso de afecto y un calor profundo y cálido tan agradable, que reprendía al dolor hasta hacerlo sonreír.

Con ella era todo más llevadero. Incluso la absurdez de la autodestrucción y el odio hacia mí mismo parecía menguar. Ella tocó mi alma, la liberó de toda pesadez, y le dio un sentido.
Sí, pasamos tiempos felices. Nada podía siquiera interrumpir nuestra respiración pautada antes de llegar a besarnos. Nadie, podía sentir el fervor y la fuerza y la pasión que guardaban nuestras manos, al cogerse tímidamente cuando se rozaban por una casualidad intencionada.

Ni tan siquiera nosotros comprendíamos lo que ocurría. Fue entonces, cuando ella, decidió olvidarme. De repente, me negó la palabra, sus abrazos se convirtieron en saludos a desgana que yo no comprendía.
Tuve que aprender a llevar a mis espaldas días enteros sin su sonrisa, sin verla a ella tan siquiera. Pronto, su presencia se convirtió en un regalo amargo, pues evitaba a toda costa sostener la mirada al cuerpo que ella, dejó sin alma.
 

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