César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Desde el cautiverio de las distancias
que en suerte me tocaron
y de las que escapo
apenas transformado en cisne negro,
te regalo el cliché de estas seis rosas.
Las compré moribundas, pero todavía hermosas.
Tú las recibirás (o no...) marchitas.
Las habían guillotinado de su prado.
Se ahogaban con las otras
que no pude comprar.
Me miraban suplicantes,
angustiadas,
posesas del terror de saberse condenadas.
Y yo, ¡pobre infeliz!
solo podía tocar sus pétalos
con mis deshilachados dedos de hombre.
Ellas morían de a poco, como morimos nosotros
cuando no nos guillotinan por el cuello.
Querían hablarme sobre ser los frutos que ya no,
del olor del prado,
la brisa, campo...
Del labriego al cual creían amigo
y que un día las cortó.
Yo solo podía escucharlas con mis labios raídos
Te las envío porque no puedo evitarlo,
aunque se estén muriendo
y te lleguen, a través de estas distancias,
disecadas.
Pagué por ellas sabiendo, apenas verlas, que sufrían
(de nada les sirvieron sus espinas);
convencido, además,
de que no ibas a verlas vivas.
Horrorizadas, pero vivas.
Otra elegía al fracaso,
a la imposibilidad
al cautiverio,
a las distancias,
a seis guillotinadas rosas moribundas
dignas de un amor sin esperanza.
Las recibirás (o no) cuando estén muertas.
que en suerte me tocaron
y de las que escapo
apenas transformado en cisne negro,
te regalo el cliché de estas seis rosas.
Las compré moribundas, pero todavía hermosas.
Tú las recibirás (o no...) marchitas.
Las habían guillotinado de su prado.
Se ahogaban con las otras
que no pude comprar.
Me miraban suplicantes,
angustiadas,
posesas del terror de saberse condenadas.
Y yo, ¡pobre infeliz!
solo podía tocar sus pétalos
con mis deshilachados dedos de hombre.
Ellas morían de a poco, como morimos nosotros
cuando no nos guillotinan por el cuello.
Querían hablarme sobre ser los frutos que ya no,
del olor del prado,
la brisa, campo...
Del labriego al cual creían amigo
y que un día las cortó.
Yo solo podía escucharlas con mis labios raídos
Te las envío porque no puedo evitarlo,
aunque se estén muriendo
y te lleguen, a través de estas distancias,
disecadas.
Pagué por ellas sabiendo, apenas verlas, que sufrían
(de nada les sirvieron sus espinas);
convencido, además,
de que no ibas a verlas vivas.
Horrorizadas, pero vivas.
Otra elegía al fracaso,
a la imposibilidad
al cautiverio,
a las distancias,
a seis guillotinadas rosas moribundas
dignas de un amor sin esperanza.
Las recibirás (o no) cuando estén muertas.
CG. Marzo y espinas. 2023.
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