Évano
Libre, sin dioses.
Hoy he visto a un perro deambular por las carreteras olvidadas de estos Montes de León. Era tarde. Aún así, a no mucha distancia, la carretera parecía un espejismo de fuego evaporándose.
El vaivén de los pasos cansados del can, de la cabeza, de la mirada intermitente hacia lo dejado detrás de las patas, el viento ululado por las hojas de los álamos, el silencio de los cálidos pájaros y el cansancio... el cansancio...
Todo me recordaba a mí. Yo era ese perro de ladridos de polvo, de ojos rebuscando en las cunetas no sé qué.
Lo seguí como si el mismo perro fuera parte del espejismo, como si se evaporara para reaparecer cuando yo aceleraba un poco el ritmo, o bajaba una pronunciada pendiente para luego volver a subir otra.
En los cielos las cigüeñas, milanos, golondrinas y otros pájaros, surgían mientras decaía el calor sofocante. Miré hacia ellos y me dije que ellos eran lo que yo nunca pude ser. Y en los prados cercados, los caballos, vacas, ovejas y otros animales mansos, salían de entre las sombras para pacer lo mismo que pacieron ayer. Ellos son lo que yo siempre soy.
Mas, ese perro de carreteras olvidadas, de laberinto de asfalto, de alquitranes conjuntándose entre sí y cuya salida es la inexistencia, pareciera una metáfora incierta del futuro.
Seré como ese momentáneo polvo que el perro arranca de las cunetas del camino, me dije, como los ladridos volando en busca del emisor del eco de la vida.
O quizá, ni ese polvo y ladrido de lo inhóspito; sino ese humano que persigue a un simple can abandonado a la imposible suerte.
Pasamos por varias aldeas de ventanas cerradas, de casas de piedras como puzles faltos de piezas, de tejados de uralita de musgo y de pizarras apuntando al arriba. Mas los valles parecían querer anclarse a la tierra sólida. Pesaban tanto como los pasos del perro, como los míos.
Imaginé los susurros de lo tiempos, el crepitar de las cocinas de leña, las hachas secas sobre los duros robles, el tañer de las campanas de bronce recorriendo valles y montes. Imaginar es como extraer del polvo imágenes rotas del antaño para recomponerlas luego como uno quiere o cree.
No sé si el perro miraba el atrás o a mí. No sé quién era quién. No sé si quería que no lo persiguiese o si se aseguraba de ello. Mas no retrocedía ni me dejaba acercar. ¿Sería la metáfora de la conjunción del cuerpo con el alma? ¿Quizás una simple coincidencia? No, decidí que era La Muerte, y que La Muerte no nos necesita. Pero nosotros sí la necesitamos, aunque solo sea una ilusión, un punto de apoyo fijado en el futuro próximo, algo que rompa los cristales blindados de esta pantalla donde se emiten los presentes.
Todos vamos detrás, todos somos como ese perro de polvo que se aleja entre el espejismo de una carretera que se va evaporando hasta caer en los brazos de los enigmas de las estrellas y la Luna.
No, hasta caer en las profundidades de La Noche, que es adonde va el maldito perro.
El vaivén de los pasos cansados del can, de la cabeza, de la mirada intermitente hacia lo dejado detrás de las patas, el viento ululado por las hojas de los álamos, el silencio de los cálidos pájaros y el cansancio... el cansancio...
Todo me recordaba a mí. Yo era ese perro de ladridos de polvo, de ojos rebuscando en las cunetas no sé qué.
Lo seguí como si el mismo perro fuera parte del espejismo, como si se evaporara para reaparecer cuando yo aceleraba un poco el ritmo, o bajaba una pronunciada pendiente para luego volver a subir otra.
En los cielos las cigüeñas, milanos, golondrinas y otros pájaros, surgían mientras decaía el calor sofocante. Miré hacia ellos y me dije que ellos eran lo que yo nunca pude ser. Y en los prados cercados, los caballos, vacas, ovejas y otros animales mansos, salían de entre las sombras para pacer lo mismo que pacieron ayer. Ellos son lo que yo siempre soy.
Mas, ese perro de carreteras olvidadas, de laberinto de asfalto, de alquitranes conjuntándose entre sí y cuya salida es la inexistencia, pareciera una metáfora incierta del futuro.
Seré como ese momentáneo polvo que el perro arranca de las cunetas del camino, me dije, como los ladridos volando en busca del emisor del eco de la vida.
O quizá, ni ese polvo y ladrido de lo inhóspito; sino ese humano que persigue a un simple can abandonado a la imposible suerte.
Pasamos por varias aldeas de ventanas cerradas, de casas de piedras como puzles faltos de piezas, de tejados de uralita de musgo y de pizarras apuntando al arriba. Mas los valles parecían querer anclarse a la tierra sólida. Pesaban tanto como los pasos del perro, como los míos.
Imaginé los susurros de lo tiempos, el crepitar de las cocinas de leña, las hachas secas sobre los duros robles, el tañer de las campanas de bronce recorriendo valles y montes. Imaginar es como extraer del polvo imágenes rotas del antaño para recomponerlas luego como uno quiere o cree.
No sé si el perro miraba el atrás o a mí. No sé quién era quién. No sé si quería que no lo persiguiese o si se aseguraba de ello. Mas no retrocedía ni me dejaba acercar. ¿Sería la metáfora de la conjunción del cuerpo con el alma? ¿Quizás una simple coincidencia? No, decidí que era La Muerte, y que La Muerte no nos necesita. Pero nosotros sí la necesitamos, aunque solo sea una ilusión, un punto de apoyo fijado en el futuro próximo, algo que rompa los cristales blindados de esta pantalla donde se emiten los presentes.
Todos vamos detrás, todos somos como ese perro de polvo que se aleja entre el espejismo de una carretera que se va evaporando hasta caer en los brazos de los enigmas de las estrellas y la Luna.
No, hasta caer en las profundidades de La Noche, que es adonde va el maldito perro.