Héctor Horacio Luisi
Poeta asiduo al portal
Doña Nora Calandria Azcuénaga,
yace cómodamente sentada
en su sillón de mimbre.
Con su cabeza plateada
y su mirada en la lana,
me hace una mueca de anciana,
como queriendo decirme…
“-Nora” pregunto intrigado:
“¿Qué quiso decir con eso?”
Sonríe y recita unos versos
traídos con aire triste.
Mientras enrolla la lana,
me mira con tierna mirada…
Como queriendo decirme…
“-¡Calandria!” pregunto ofuscado:
“-¿Qué quiso usted decirme?”
Y cerrando sus ojos azules,
entona brillante canto.
Se para luciendo un encanto
propio de dama de estirpe.
Muestra un largo vestido…
vestido de seda viste.
“-Azcuénaga es mi apellido”.
Ahora sonríe muy triste.
Me mira y su cara arrugada,
revela qué quiere decirme:
“-El apellido no basta”
me dice tranquila al oído.
Susurra entonces bajito:
“-A vos también te ha de llegar…”
Despacio se aleja y se va…
Como queriendo decirme…
yace cómodamente sentada
en su sillón de mimbre.
Con su cabeza plateada
y su mirada en la lana,
me hace una mueca de anciana,
como queriendo decirme…
“-Nora” pregunto intrigado:
“¿Qué quiso decir con eso?”
Sonríe y recita unos versos
traídos con aire triste.
Mientras enrolla la lana,
me mira con tierna mirada…
Como queriendo decirme…
“-¡Calandria!” pregunto ofuscado:
“-¿Qué quiso usted decirme?”
Y cerrando sus ojos azules,
entona brillante canto.
Se para luciendo un encanto
propio de dama de estirpe.
Muestra un largo vestido…
vestido de seda viste.
“-Azcuénaga es mi apellido”.
Ahora sonríe muy triste.
Me mira y su cara arrugada,
revela qué quiere decirme:
“-El apellido no basta”
me dice tranquila al oído.
Susurra entonces bajito:
“-A vos también te ha de llegar…”
Despacio se aleja y se va…
Como queriendo decirme…