Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
El amor se construye como quien levanta una casa en la niebla, con manos torpes pero llenas de hambre. Se construye con los escombros de lo que fuimos, con ladrillos hechos de besos rotos y abrazos que nunca encontraron un final. Lo cimentamos en la incertidumbre, en el temblor de una mirada que promete todo pero no asegura nada.
El amor se construye de madrugada, cuando el silencio pesa más que el sueño, y el susurro de tu nombre en mi boca es lo único que sostiene el mundo. Se alza con la paciencia de quien planta un árbol que nunca verá florecer, pero lo riega con la fe obstinada de los que creen en la eternidad.
No se construye con certezas; se arma con preguntas. ¿Será suficiente mi voz para abrigarte? ¿Serán tus manos un puerto o un naufragio? En la fragilidad de estas preguntas, clavamos las vigas, tejemos los techos, abrimos ventanas al futuro incierto.
A veces el amor es torpe y tropieza, y lo que creíamos un castillo se convierte en ruinas. Pero incluso en las ruinas hay belleza, porque el amor nunca se construye para ser perfecto; se construye para ser vivido.
Así, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra, silencio a silencio. Se construye el amor como se construyen los ríos: dejando que el agua busque su cauce. Se construye como se construyen los versos: con ritmo, con pausa, con el eco de todo lo que no podemos decir.
Y al final, cuando miro lo que hemos construido —aunque tiemble, aunque gima bajo el peso de nuestras sombras—, sé que vale la pena. Porque el amor no se mide por lo que dura, sino por la forma en que, aun incompleto, nos transforma.
El amor se construye de madrugada, cuando el silencio pesa más que el sueño, y el susurro de tu nombre en mi boca es lo único que sostiene el mundo. Se alza con la paciencia de quien planta un árbol que nunca verá florecer, pero lo riega con la fe obstinada de los que creen en la eternidad.
No se construye con certezas; se arma con preguntas. ¿Será suficiente mi voz para abrigarte? ¿Serán tus manos un puerto o un naufragio? En la fragilidad de estas preguntas, clavamos las vigas, tejemos los techos, abrimos ventanas al futuro incierto.
A veces el amor es torpe y tropieza, y lo que creíamos un castillo se convierte en ruinas. Pero incluso en las ruinas hay belleza, porque el amor nunca se construye para ser perfecto; se construye para ser vivido.
Así, ladrillo a ladrillo, palabra a palabra, silencio a silencio. Se construye el amor como se construyen los ríos: dejando que el agua busque su cauce. Se construye como se construyen los versos: con ritmo, con pausa, con el eco de todo lo que no podemos decir.
Y al final, cuando miro lo que hemos construido —aunque tiemble, aunque gima bajo el peso de nuestras sombras—, sé que vale la pena. Porque el amor no se mide por lo que dura, sino por la forma en que, aun incompleto, nos transforma.