Cómo se escribe una prosa cuando ya no queda nada

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Se escribe así:
con los nudillos sangrando contra la hoja,
con la lengua dormida de tanto callar,
con los ojos vacíos porque ya no hay más imágenes que llorar.

Se escribe como se muere: despacio,
sin gloria, sin testigos.
A veces sin querer.
Otras, queriendo tanto que duele.

Se escribe cuando ya no queda nada porque escribir es lo único que queda.
Cuando los abrazos se fueron, cuando el café se enfría y nadie pregunta si lo vas a beber.
Cuando el nombre de quien amabas ya no cabe en tu garganta
y el espejo te devuelve un rostro que no reconoce ni tu sombra.

Escribo esta prosa con el cuerpo.
Con lo que queda del cuerpo.
Con los fragmentos, las astillas, los huesos que no supieron seguir caminando.
Porque el alma ya se fue hace rato.
Y el corazón... el corazón escribe desde una sala de espera, con bata de hospital y un número en la mano.

Escribo porque el silencio pesa más que esta página.
Porque si no escribo, me muero dos veces.
Porque necesito gritar en voz baja.
Porque nadie escucha, pero igual grito.

¿Y qué se dice cuando no queda nada?
Nada.
Pero se dice igual.
Se deja el aliento entre líneas, se sangran los dedos en metáforas rotas,
se pide perdón a las palabras por usarlas sin fuerza, sin alma.
Se llora sin lágrimas y se escribe ese llanto.
Y se espera.
No por alivio, sino por costumbre.

Entonces la prosa ya no es prosa.
Es un cadáver tibio.
Una carta que nunca llegará.
Una tumba abierta que huele a tinta y a soledad.

Y aun así, se escribe.
 

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