Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Muerte, vida eterna
acercándote, alejándote,
abriendo y cerrando,
tus ojos, tus manos,
y delicados labios,
avivando tu olfato,
gustando de beber
y a zancadas recorrer
lo que tanto has
deseado conocer.
Inmensamente helada,
caliente como brasa,
así como ahora me abrazas,
y me estrujas contra tu pecho,
seduciéndome con tu carne magra,
con tus duros huesos,
hechos lecho
para recostarme
en los días soleados y helados,
en las noches de seducción,
en las noches de dolor,
cuando la luna descansa,
cuando la mar se hace calma,
después de la borrasca.
Cuando ha cesado mi risa,
cuando el silencio,
ha apagado mi llanto.
Cando mi llama bruscamente
se enciende,
y lentamente se apaga.
Cuando ya no se apetece
de lo más deseado,
de lo más amado,
de aquello codiciado,
porque fue negado.
Ven que a gritos te llamo.
Te aclamo porque me protejo,
en tu fino manto.
Acércate presurosa,
con tu misterioso encanto,
que hoy te he agasajado,
con mi barro,
que he tejido finamente,
que en mi vientre he calentado,
acariciándole su alma,
encogiéndole y alargándole,
haciéndole tan humano,
moldeando su entraña,
dándole vida eterna,
con estas manos.
acercándote, alejándote,
abriendo y cerrando,
tus ojos, tus manos,
y delicados labios,
avivando tu olfato,
gustando de beber
y a zancadas recorrer
lo que tanto has
deseado conocer.
Inmensamente helada,
caliente como brasa,
así como ahora me abrazas,
y me estrujas contra tu pecho,
seduciéndome con tu carne magra,
con tus duros huesos,
hechos lecho
para recostarme
en los días soleados y helados,
en las noches de seducción,
en las noches de dolor,
cuando la luna descansa,
cuando la mar se hace calma,
después de la borrasca.
Cuando ha cesado mi risa,
cuando el silencio,
ha apagado mi llanto.
Cando mi llama bruscamente
se enciende,
y lentamente se apaga.
Cuando ya no se apetece
de lo más deseado,
de lo más amado,
de aquello codiciado,
porque fue negado.
Ven que a gritos te llamo.
Te aclamo porque me protejo,
en tu fino manto.
Acércate presurosa,
con tu misterioso encanto,
que hoy te he agasajado,
con mi barro,
que he tejido finamente,
que en mi vientre he calentado,
acariciándole su alma,
encogiéndole y alargándole,
haciéndole tan humano,
moldeando su entraña,
dándole vida eterna,
con estas manos.