BEN.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Con muchas maletas capacidades neutras
extrañas maneras de hacer el amor sin refugio
con ángeles caídos y praderas derribadas con
musicalidades extraviadas y formas suaves
de insultar y decir verdades, con
tinieblas en los dientes y fórmulas exactas
de amortiguar la calavera repelente, con
sacos de dormir inadecuados y sombras en los equipajes,
con enredaderas tristes y vómitos putrefactos
con esas lenguas inmensas que solamente el rocío invernal
advierte y denuncia, con lágrimas sondeadas y flores en
las cavidades ausentes, con retales de ignominia y sangres
diametralmente opuestas, con renuncias confiadas y pájaros
que hambrean sus necesidades volcánicas, y sus años idénticos
y sus trágicos vozarrones, y sus miedos ancestrales: así vienen
entre damasco y el terciopelo de sus patrias quemado. Con
angustias y columnas, con trigos y elementos nativos,
con razones para el odio y con naturalezas petrificadas,
con corazones para desflorar nuestras parcas santidades,
con evoluciones de un ruido que permite la azalea constante y el
amor insufrible. Vienen. Con mucho de sus gases, de sus flatulencias
inorgánicas, con sus espléndidas espadas y con sus guantes temibles.
Con sus ambiciones intactas, con sus formidables folladas
sobre anuncios de cartón y piedra. Opinando sobre
el llanto, cantando sobre las orillas, teniendo riberas desacordes,
fraguando la desidia como si de alas oscuras se tratase: y rompen
las llaves, los días, la amargura de nuestras profundidades efímeras,
las cancelas que son murallas que atrapan voces y ecos y cenizas y cuartos
de hoteles: donde se encierran
nuestras maléficas doncellas.
©
extrañas maneras de hacer el amor sin refugio
con ángeles caídos y praderas derribadas con
musicalidades extraviadas y formas suaves
de insultar y decir verdades, con
tinieblas en los dientes y fórmulas exactas
de amortiguar la calavera repelente, con
sacos de dormir inadecuados y sombras en los equipajes,
con enredaderas tristes y vómitos putrefactos
con esas lenguas inmensas que solamente el rocío invernal
advierte y denuncia, con lágrimas sondeadas y flores en
las cavidades ausentes, con retales de ignominia y sangres
diametralmente opuestas, con renuncias confiadas y pájaros
que hambrean sus necesidades volcánicas, y sus años idénticos
y sus trágicos vozarrones, y sus miedos ancestrales: así vienen
entre damasco y el terciopelo de sus patrias quemado. Con
angustias y columnas, con trigos y elementos nativos,
con razones para el odio y con naturalezas petrificadas,
con corazones para desflorar nuestras parcas santidades,
con evoluciones de un ruido que permite la azalea constante y el
amor insufrible. Vienen. Con mucho de sus gases, de sus flatulencias
inorgánicas, con sus espléndidas espadas y con sus guantes temibles.
Con sus ambiciones intactas, con sus formidables folladas
sobre anuncios de cartón y piedra. Opinando sobre
el llanto, cantando sobre las orillas, teniendo riberas desacordes,
fraguando la desidia como si de alas oscuras se tratase: y rompen
las llaves, los días, la amargura de nuestras profundidades efímeras,
las cancelas que son murallas que atrapan voces y ecos y cenizas y cuartos
de hoteles: donde se encierran
nuestras maléficas doncellas.
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