Conversación de botellas.

Carlos Aristy

Poeta que considera el portal su segunda casa
Conversación de botellas.

A mis amigos en Buenos Aires.


A veces las botellas nos hablan.
Veinte años de vejez acumulada
como estos añejos pensamientos
calcificados en mi cerebro.

Veinte años, como una amante hambrienta,
que rueda por nuestra piel acantilada
como un osito de peluche, suavemente.
Así baja el líquido de oro de éste whisky escocés
por mi garganta, suavemente.

Uno podría establecer una conversación,
de tú a tú, con esta botella,
y así he visto muchas, las que sostienen
la frivolidad de la filosofía,
las que lloran descaradamente a los muertos,
y las que gritan por el abandono de un amante.

A mi me gustan aquellas que discuten filología.
Las he visto con sus lenguas extraviadas
y unos egos inmensos, de gente arquetípica.
Pero, las botellas poeticas son las mejores.

Yo tengo una amiga, allá en Buenos Aires,
a la que invito a una conversación de botella.
Yo quiero que me le haga un análisis a la escocesa
que aquí tengo presente, con todo su pelo en fuego.

Les garantizo que esa vaina de qué es poesía
en esa conversación no sale.
De que eres tú, tus ojitos con mirada de melcocha
y tu caminar de sirena ambulante, no sale.

Es mas, predicto queda, que lo más probable
es que hablemos de la falta de amor
y que las cosas, carajo, ya no son como antes.
Las botellas tienen su propio apetito.

Yo diría que Buenos Aires sería un buen lugar de botellas.
Hay varias gentes que ya estamos pasados de juntarnos
con nuestras botellas y las fajas de papeles
desbordados de palabras incógnitas.

Yo me bebería un diccionario de códigos,
sólo para cerciorarme de que el pleito sea justo.
Eduardo y Graciela. Asaliah y una niña lunera
que me provoca hablar en francés.

Veinte años tiene esta botella,
los mismo años de mi Karla, como si nada.
Ya ven ustedes por dónde anda ésta conversación,
la ignominia de que éste whisky tenga la edad de mi hija.
 
Última edición:
Excelentes confidencias. Saludos, repu y estrellas.
Conversación de botellas.

A mis amigos en Buenos Aires.


A veces las botellas nos hablan.
Veinte años de vejez acumulada
como estos añejos pensamientos
calsificados en mi cerebro.

Veinte años, como una amante hambrienta,
que rueda por nuestra piel acantilada
como un osito de peluche, suavemente.
Así baja el líquido de oro de éste whisky escocés
por mi garganta, suavemente.

Uno podría establecer una conversación,
de tú a tú, con esta botella,
y así he visto muchas, las que sostienen
la frivolidad de la filosofía,
las que lloran descaradamente a los muertos,
y las que gritan por el abandono de un amante.

A mi me gustan aquellas que discuten filología.
Las he visto con sus lenguas extraviadas
y unos egos inmensos, de gente arquetípica.
Pero, las botellas poeticas son las mejores.

Yo tengo una amiga, allá en Buenos Aires,
a la que invito a una conversación de botella.
Yo quiero que me le haga un análisis a la escocesa
que aquí tengo presente, con todo su pelo en fuego.

Les garantizo que esa vaina de qué es poesía
en esa conversación no sale.
De que eres tú, tus ojitos con mirada de melcocha
y tu caminar de sirena ambulante, no sale.

Es mas, predicto queda, que lo más probable
es que hablemos de la falta de amor
y que las cosas, carajo, ya no son como antes.
Las botellas tienen su propio apetito.

Yo diría que Buenos Aires sería un buen lugar de botellas.
Hay varias gentes que ya estamos pasados de juntarnos
con nuestras botellas y las fajas de papeles
desbordados de palabras incógnitas.

Yo me bebería un diccionario de códigos,
sólo para cerciorarme de que el pleito sea justo.
Eduardo y Graciela. Asaliah y una niña lunera
que me provoca hablar en francés.

Veinte años tiene esta botella,
los mismo años de mi Karla, como si nada.
Ya ven ustedes por dónde anda ésta conversación,
la ignominia de que éste whisky tenga la edad de mi hija.
 

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