Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Corazón dormido,
te quedaste quieto en la penumbra,
como si el silencio te arrullara con manos de polvo.
Late en ti una calma prestada,
una pausa que no es vida ni es muerte,
sino ese borde frágil donde todo se suspende.
No sabes si despertar sería regresar al dolor,
ni si seguir dormido es renunciar al milagro.
Pero ahí estás,
soñando con instantes que nunca se cumplieron,
con voces que se apagaron antes de pronunciar tu nombre.
Corazón dormido,
¿cuánto tiempo más ocultarás tu herida?
La ternura te reclama,
el deseo te busca,
y sin embargo prefieres hundirte en ese letargo
donde ni el amor ni el olvido
te alcanzan del todo.
Si algún día despiertas,
hazlo suave,
como quien toca la orilla del agua
con la yema de los dedos.
Y que tu primer latido sea claro,
tan claro
que se oiga más allá de las sombras.
te quedaste quieto en la penumbra,
como si el silencio te arrullara con manos de polvo.
Late en ti una calma prestada,
una pausa que no es vida ni es muerte,
sino ese borde frágil donde todo se suspende.
No sabes si despertar sería regresar al dolor,
ni si seguir dormido es renunciar al milagro.
Pero ahí estás,
soñando con instantes que nunca se cumplieron,
con voces que se apagaron antes de pronunciar tu nombre.
Corazón dormido,
¿cuánto tiempo más ocultarás tu herida?
La ternura te reclama,
el deseo te busca,
y sin embargo prefieres hundirte en ese letargo
donde ni el amor ni el olvido
te alcanzan del todo.
Si algún día despiertas,
hazlo suave,
como quien toca la orilla del agua
con la yema de los dedos.
Y que tu primer latido sea claro,
tan claro
que se oiga más allá de las sombras.
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