Ricardo López Castro
*Deuteronómico*
Fluidez en el alma.
La palabra toca el órgano, capaz de unir conciencias y de levantar fronteras.
En mi caso nunca quiero hacerla solo personal.
Nunca encontré mi estilo.
Mi estilo nunca me llamó a voces.
Nunca he visto la luz del todo por no haberme fijado en el matiz.
Generé casi siempre desconfianza a mi alrededor, envuelto en mis principios sin problemas, en mis excusas sin paliativos.
Desde la distancia puedo ver un poco mejor lo que las sensaciones intentaban decirme.
Fuente de todo canto, pero sin ninfa, o lo que es lo mismo, grito de toda cueva, pero con vista solo para la oscuridad.
Esto es lo que he intimado con la vida.
Arrastrando heridas no examinadas, al menos no exhaustivamente.
El amor me atrapó en sus redes, y yo lo veía en todo momento como una competición de manotazos, de contrariedades, de teorías guardadas como oro en paño sobre cómo sobrellevar los baches y las incompatibilidades y las decepciones sin mostrar una sola debilidad de ésas que me mataban, y que de seguro pensaba, en otras manos, iban a acabar por enterrarme, con más lágrima que tierra, con más Tierra, trágame, que acompañarlas de valor para que el arte más antiguo del mundo fluyera, de una imperfección a otra, hasta colmarlas de algo llamado confianza.
Y supongo que no soy el único que anduvo en esas vicisitudes.
En esa duda, que se convirtió en indefinida.
En método de actuación.
El amor, contra el amor.
Sin arrepentimiento ni facilidades al alma.
Solo, de amigos y de amante.
Pero con letras.
Invertir el orden de mis ideas era solo cuestión de tiempo.
Se deshizo el castillo de naipes.
Sin alianzas, ni paz, ni siquiera tregua.
Con algo entre pecho y espalda.
Algo que late, siempre late.
Por las cosas tempraneras, por la vida, por las postrimerías.
Esto merece mi atención.
Es como una carta de reconocimiento.
Un error admitido.
Un craso error.
Me sostiene ahora el pensamiento de que el mundo sea un pañuelo.
Y que el vuelo de los pájaros es la máxima libertad que siempre en el fondo de mi coyuntura he admitido.
No recuperaré el tiempo perdido, pero amo el hecho de que la vida me haya cargado con esa culpa.
Solo a través de ella ha habido una conexión permanente con el amor.
Mi fe y mi esperanza siempre me han acompañado.
Ya no soy tan cobarde, y sea pronto o tarde, la vida seguirá siendo tiempo.
Silencio en una ventana.
Sorpresa en un regalo.
Virtud.
Vida y tiempo son la ilusión que necesito.
Ya me puedo también desilusionar a gusto.
Nunca será un espejismo el desierto que he atravesado, ni el agua que beberé en el camino.
Señalaré a la razón en base a mi condición humana, pero incondicionalmente seguiré la estrella del amor.
No sé muchas cosas, pero no voy a la guerra.
Me dirijo a un convite inmemorial, en el que hallar la paz, y la valoración imparcial de los sucesos.
Un viaje con mucha vuelta de hoja.
Llega el momento de la poesía aplicada.
Y si he de recrearme, que me describa una órbita alrededor de la versatilidad.
La capacidad de las limitaciones.
Y que el sol brille seguirá siendo motivo de que la noche duerma.
Pero siempre habrá una máxima para todo.
El encuentro entre distintas concepciones, para hacer de la vida una oratoria hacia el firmamento.
Que nunca muera la palabra, si es lo que no olvidaste decir, o lo que te convierte en único, o en último.
La seguridad vendrá en forma de perpetuación de las ideas.
Creer en mi inocencia como base de una nueva corriente de intelecto y sensibilidad.
Asegurarme de todo.
Incluido el enfoque de la vista en el juego del interiorismo.
Larga y ardua lista de propósitos y tareas que trabajarán el corazón como el acero.
Significado de la palabra curtida en la desazón.
Ahora arrebolada y arrebatada.
En éxtasis empírico y experimental.
Cabe en todo una disculpa consigo mismo, al igual que no hay problema sin resultado.
La vida no me ataca, defiende la paz.
Se me cuela en el alma, sin nada que decir.
Y escribo un poema, sin nada que esconder, excepto el olvido.
La palabra toca el órgano, capaz de unir conciencias y de levantar fronteras.
En mi caso nunca quiero hacerla solo personal.
Nunca encontré mi estilo.
Mi estilo nunca me llamó a voces.
Nunca he visto la luz del todo por no haberme fijado en el matiz.
Generé casi siempre desconfianza a mi alrededor, envuelto en mis principios sin problemas, en mis excusas sin paliativos.
Desde la distancia puedo ver un poco mejor lo que las sensaciones intentaban decirme.
Fuente de todo canto, pero sin ninfa, o lo que es lo mismo, grito de toda cueva, pero con vista solo para la oscuridad.
Esto es lo que he intimado con la vida.
Arrastrando heridas no examinadas, al menos no exhaustivamente.
El amor me atrapó en sus redes, y yo lo veía en todo momento como una competición de manotazos, de contrariedades, de teorías guardadas como oro en paño sobre cómo sobrellevar los baches y las incompatibilidades y las decepciones sin mostrar una sola debilidad de ésas que me mataban, y que de seguro pensaba, en otras manos, iban a acabar por enterrarme, con más lágrima que tierra, con más Tierra, trágame, que acompañarlas de valor para que el arte más antiguo del mundo fluyera, de una imperfección a otra, hasta colmarlas de algo llamado confianza.
Y supongo que no soy el único que anduvo en esas vicisitudes.
En esa duda, que se convirtió en indefinida.
En método de actuación.
El amor, contra el amor.
Sin arrepentimiento ni facilidades al alma.
Solo, de amigos y de amante.
Pero con letras.
Invertir el orden de mis ideas era solo cuestión de tiempo.
Se deshizo el castillo de naipes.
Sin alianzas, ni paz, ni siquiera tregua.
Con algo entre pecho y espalda.
Algo que late, siempre late.
Por las cosas tempraneras, por la vida, por las postrimerías.
Esto merece mi atención.
Es como una carta de reconocimiento.
Un error admitido.
Un craso error.
Me sostiene ahora el pensamiento de que el mundo sea un pañuelo.
Y que el vuelo de los pájaros es la máxima libertad que siempre en el fondo de mi coyuntura he admitido.
No recuperaré el tiempo perdido, pero amo el hecho de que la vida me haya cargado con esa culpa.
Solo a través de ella ha habido una conexión permanente con el amor.
Mi fe y mi esperanza siempre me han acompañado.
Ya no soy tan cobarde, y sea pronto o tarde, la vida seguirá siendo tiempo.
Silencio en una ventana.
Sorpresa en un regalo.
Virtud.
Vida y tiempo son la ilusión que necesito.
Ya me puedo también desilusionar a gusto.
Nunca será un espejismo el desierto que he atravesado, ni el agua que beberé en el camino.
Señalaré a la razón en base a mi condición humana, pero incondicionalmente seguiré la estrella del amor.
No sé muchas cosas, pero no voy a la guerra.
Me dirijo a un convite inmemorial, en el que hallar la paz, y la valoración imparcial de los sucesos.
Un viaje con mucha vuelta de hoja.
Llega el momento de la poesía aplicada.
Y si he de recrearme, que me describa una órbita alrededor de la versatilidad.
La capacidad de las limitaciones.
Y que el sol brille seguirá siendo motivo de que la noche duerma.
Pero siempre habrá una máxima para todo.
El encuentro entre distintas concepciones, para hacer de la vida una oratoria hacia el firmamento.
Que nunca muera la palabra, si es lo que no olvidaste decir, o lo que te convierte en único, o en último.
La seguridad vendrá en forma de perpetuación de las ideas.
Creer en mi inocencia como base de una nueva corriente de intelecto y sensibilidad.
Asegurarme de todo.
Incluido el enfoque de la vista en el juego del interiorismo.
Larga y ardua lista de propósitos y tareas que trabajarán el corazón como el acero.
Significado de la palabra curtida en la desazón.
Ahora arrebolada y arrebatada.
En éxtasis empírico y experimental.
Cabe en todo una disculpa consigo mismo, al igual que no hay problema sin resultado.
La vida no me ataca, defiende la paz.
Se me cuela en el alma, sin nada que decir.
Y escribo un poema, sin nada que esconder, excepto el olvido.