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Poeta recién llegado
Se despierta sin recordar dónde está o cómo ha llegado allí. Apenas recuerda su propio
nombre, Julián, su edad, 32 años, su oficio, archivista y es cuando piensa o trata de recordar
dónde vive que nota estar tirado boca abajo con un peso sobre la espalda impidiéndole respirar.
El sabor acre en la lengua, la lechosa sensación amarillenta que hace borroso todo lo que mira y
el polvo picándole la nariz comienzan a llenarle el pecho de una angustia urgente, una sensación
de querer salir corriendo. Trata de moverse y nota un nudo de dolor partiendo de su hombro
izquierdo, extendiéndose por su espalda, amplificado por el opresivo peso que le sigue haciendo
difícil cada respiración. Apenas se da cuenta que la mano derecha puede extenderse hacia
adelante, comienza tanteando entre lo que siente como piedras, arena y cristales, recarga más
peso sobre su palma y se impulsa con las rodillas, arrastrándose. Todo en él es dolor, cada
movimiento manda una ráfaga más de agonía por su piel, erizándole los cabellos, haciéndole
temblar un frío quemante bajo el que resopla y jadea, desesperado. Finalmente siente que sus
movimientos le han deslizado suficiente para que el peso en su espalda resbale por su cadera,
hacia la izquierda, dejándole una extraña sensación de libertad. Trata de hacer uso de su mano
izquierda al incorporarse, pero el nudo de dolor se agudiza; intenta gritar y se da cuenta que
apenas un hilo de voz se escapa por su garganta, seca de polvo. Apoyándose entonces sobre la
fiel diestra, se incorpora, quedando de rodillas y sintiendo pequeños pesos más caer de su
espalda, sus hombros, esparciéndose por sobre sus pantorrillas y a su alrededor. Es entonces que
se da cuenta del sonido lejano o amortiguado de todo lo que le rodea, como si hubiera tapones de
algodón en sus oídos. Deja colgar su brazo izquierdo, inerte, renunciando a cualquier
movimiento para no volver a sentir esa red de dolor candente recorriéndole la espalda. Con los
dedos de la diestra restriega sus ojos, tratando de quitarse esa película lechosa y amarillenta. El
ardor del polvo contra sus pupilas le hace lagrimear y aclara su mirada, permitiéndole
contemplar su palma, sus dedos, cubiertos de aquello que pensaba era una película amarillenta y
resulta ser sangre. «¿Mi sangre? ¿De dónde?» se pregunta, mientras explora con los dedos por
sobre su frente, sintiendo una pegajosa abertura en el nacimiento del cabello. A la par que los
dedos sobre su frente, sus ojos van recorriendo el paisaje que le rodea, encontrando una herida
más ancha, interminable en todo lo que ve, haciendo que la angustia en su pecho se convierta en
un peso peor, una opresión completa que le hace quedarse sin aliento.
Roto, a su alrededor todo roto. Mientras mira, incrédulo, los recuerdos se desploman sobre
él: La sensación de vértigo que le nació en los tobillos mientras caminaba hacia la mesa esa
noche, dispuesto a tomar su cena. El terror de ver la bombilla balanceándose de un lado a otro,
con violencia cada vez mayor. Los gritos que venían del pasillo, de los departamentos aledaños,
de su propia boca. Ver caer libros, regarse platos, rodar las sillas, estrellarse el televisor y tratar
de irse apoyando en las paredes, como un borracho que intenta tenerse en pie, avanzando hacia la
puerta, con un pensamiento de gratitud fugaz por vivir en el primer piso de su edificio. Abrir la
puerta y unirse al resto de sus vecinos presas de la histeria, algunos tirados, otros tratando, como
él, de escapar por la puerta que da a la calle. Sentir el instinto de querer ayudar a los caídos
rápidamente rebasado por la necesidad de salir de allí a toda costa, no mirar nada más, avanzar
por el pasillo a oscuras y la luz al final, la puerta de la libertad, la que creía lo llevaría a su
salvación. La cruzó, salió, consiguió escapar y creerse a salvo. Llegó hasta media calle donde
tantos otros como él se arremolinaban en pánico. Un crujido gigante corrió por la calle, como si
el mundo mismo se rompiera en pedazos, sin saber por qué miró tras suyo y vio un poste de
teléfono cayendo directamente hacia él. Recuerda haber intentado dar los pasos necesarios para
salir de su camino, sentir el golpe en la frente y la negrura completa invadiéndole, dejándole
tirado sin saber más de nada. Haber sobrevivido le hace entender que gracias al temblor perdió el
equilibrio y así el poste sólo le golpeó superficialmente la frente, sin embargo no evitó que
asestara todo el peso sobre su hombro izquierdo, dejándole esa maraña de dolor que le viene
cada vez que intenta cualquier movimiento.
Y ahora, desencajado y adolorido, incrédulo del silencio que le rodea, el vacío total de los
escombros, finalmente se pone de pie y trata de avanzar. Frente a él, su antiguo edificio de
apartamentos se ha colapsado sobre sí mismo, la puerta que le sirviera de escape no existe, todo
el primer piso es una pila de restos indistinguibles. Sujetando su antebrazo izquierdo con la
diestra, trata de seguir la calle más allá del edificio, donde cada construcción está en el mismo
estado, vencida por su propio peso, edificaciones que no conservan ninguna señal de haberse
elevado del suelo alguna vez. De entre la pila de escombros comienza a ver miembros cenizos,
restos humanos tan rotos como los edificios. Un silencio interminable en medio de la ciudad, un
silencio de todo movimiento, sepulcral. Y es la quietud la que le parte el corazón, ver sólo humo
elevándose de alguna pila de escombros, polvo agitado por el viento y nada más. Ninguno más,
ningún otro sobreviviente, solo él. ¿Por qué él?
En medio de un montón de restos, una varilla se eleva al cielo, como dedo descarnado
señalando al culpable de tanto desastre, tanta muerte y destrucción. No puede, no quiere ser el
único vivo entre todos los muertos, el tuerto en este reino de ciegos. Trastabillando, escala los
restos hasta la varilla, aferrándola con la mano capaz de hacerlo. Siente el filo metálico
hundiéndose tras su mentón y sin suspirar siquiera, se deja caer de rodillas. El sabor a óxido le
llena la boca mientras el metal corre atravesando su lengua, rompiendo su paladar. Cruje el
cráneo y emerge la punta de la lanza, llevando consigo un pequeño mechón de cabello,
empapada en sangre y cerebro. Suspira aliviado de sentir la negrura venir nuevamente, sabiendo
que no volverá de ella, que ya no habrá nada por recordar. Y queda allí, arrodillado ante el dedo
acusador, el último sobreviviente.
nombre, Julián, su edad, 32 años, su oficio, archivista y es cuando piensa o trata de recordar
dónde vive que nota estar tirado boca abajo con un peso sobre la espalda impidiéndole respirar.
El sabor acre en la lengua, la lechosa sensación amarillenta que hace borroso todo lo que mira y
el polvo picándole la nariz comienzan a llenarle el pecho de una angustia urgente, una sensación
de querer salir corriendo. Trata de moverse y nota un nudo de dolor partiendo de su hombro
izquierdo, extendiéndose por su espalda, amplificado por el opresivo peso que le sigue haciendo
difícil cada respiración. Apenas se da cuenta que la mano derecha puede extenderse hacia
adelante, comienza tanteando entre lo que siente como piedras, arena y cristales, recarga más
peso sobre su palma y se impulsa con las rodillas, arrastrándose. Todo en él es dolor, cada
movimiento manda una ráfaga más de agonía por su piel, erizándole los cabellos, haciéndole
temblar un frío quemante bajo el que resopla y jadea, desesperado. Finalmente siente que sus
movimientos le han deslizado suficiente para que el peso en su espalda resbale por su cadera,
hacia la izquierda, dejándole una extraña sensación de libertad. Trata de hacer uso de su mano
izquierda al incorporarse, pero el nudo de dolor se agudiza; intenta gritar y se da cuenta que
apenas un hilo de voz se escapa por su garganta, seca de polvo. Apoyándose entonces sobre la
fiel diestra, se incorpora, quedando de rodillas y sintiendo pequeños pesos más caer de su
espalda, sus hombros, esparciéndose por sobre sus pantorrillas y a su alrededor. Es entonces que
se da cuenta del sonido lejano o amortiguado de todo lo que le rodea, como si hubiera tapones de
algodón en sus oídos. Deja colgar su brazo izquierdo, inerte, renunciando a cualquier
movimiento para no volver a sentir esa red de dolor candente recorriéndole la espalda. Con los
dedos de la diestra restriega sus ojos, tratando de quitarse esa película lechosa y amarillenta. El
ardor del polvo contra sus pupilas le hace lagrimear y aclara su mirada, permitiéndole
contemplar su palma, sus dedos, cubiertos de aquello que pensaba era una película amarillenta y
resulta ser sangre. «¿Mi sangre? ¿De dónde?» se pregunta, mientras explora con los dedos por
sobre su frente, sintiendo una pegajosa abertura en el nacimiento del cabello. A la par que los
dedos sobre su frente, sus ojos van recorriendo el paisaje que le rodea, encontrando una herida
más ancha, interminable en todo lo que ve, haciendo que la angustia en su pecho se convierta en
un peso peor, una opresión completa que le hace quedarse sin aliento.
Roto, a su alrededor todo roto. Mientras mira, incrédulo, los recuerdos se desploman sobre
él: La sensación de vértigo que le nació en los tobillos mientras caminaba hacia la mesa esa
noche, dispuesto a tomar su cena. El terror de ver la bombilla balanceándose de un lado a otro,
con violencia cada vez mayor. Los gritos que venían del pasillo, de los departamentos aledaños,
de su propia boca. Ver caer libros, regarse platos, rodar las sillas, estrellarse el televisor y tratar
de irse apoyando en las paredes, como un borracho que intenta tenerse en pie, avanzando hacia la
puerta, con un pensamiento de gratitud fugaz por vivir en el primer piso de su edificio. Abrir la
puerta y unirse al resto de sus vecinos presas de la histeria, algunos tirados, otros tratando, como
él, de escapar por la puerta que da a la calle. Sentir el instinto de querer ayudar a los caídos
rápidamente rebasado por la necesidad de salir de allí a toda costa, no mirar nada más, avanzar
por el pasillo a oscuras y la luz al final, la puerta de la libertad, la que creía lo llevaría a su
salvación. La cruzó, salió, consiguió escapar y creerse a salvo. Llegó hasta media calle donde
tantos otros como él se arremolinaban en pánico. Un crujido gigante corrió por la calle, como si
el mundo mismo se rompiera en pedazos, sin saber por qué miró tras suyo y vio un poste de
teléfono cayendo directamente hacia él. Recuerda haber intentado dar los pasos necesarios para
salir de su camino, sentir el golpe en la frente y la negrura completa invadiéndole, dejándole
tirado sin saber más de nada. Haber sobrevivido le hace entender que gracias al temblor perdió el
equilibrio y así el poste sólo le golpeó superficialmente la frente, sin embargo no evitó que
asestara todo el peso sobre su hombro izquierdo, dejándole esa maraña de dolor que le viene
cada vez que intenta cualquier movimiento.
Y ahora, desencajado y adolorido, incrédulo del silencio que le rodea, el vacío total de los
escombros, finalmente se pone de pie y trata de avanzar. Frente a él, su antiguo edificio de
apartamentos se ha colapsado sobre sí mismo, la puerta que le sirviera de escape no existe, todo
el primer piso es una pila de restos indistinguibles. Sujetando su antebrazo izquierdo con la
diestra, trata de seguir la calle más allá del edificio, donde cada construcción está en el mismo
estado, vencida por su propio peso, edificaciones que no conservan ninguna señal de haberse
elevado del suelo alguna vez. De entre la pila de escombros comienza a ver miembros cenizos,
restos humanos tan rotos como los edificios. Un silencio interminable en medio de la ciudad, un
silencio de todo movimiento, sepulcral. Y es la quietud la que le parte el corazón, ver sólo humo
elevándose de alguna pila de escombros, polvo agitado por el viento y nada más. Ninguno más,
ningún otro sobreviviente, solo él. ¿Por qué él?
En medio de un montón de restos, una varilla se eleva al cielo, como dedo descarnado
señalando al culpable de tanto desastre, tanta muerte y destrucción. No puede, no quiere ser el
único vivo entre todos los muertos, el tuerto en este reino de ciegos. Trastabillando, escala los
restos hasta la varilla, aferrándola con la mano capaz de hacerlo. Siente el filo metálico
hundiéndose tras su mentón y sin suspirar siquiera, se deja caer de rodillas. El sabor a óxido le
llena la boca mientras el metal corre atravesando su lengua, rompiendo su paladar. Cruje el
cráneo y emerge la punta de la lanza, llevando consigo un pequeño mechón de cabello,
empapada en sangre y cerebro. Suspira aliviado de sentir la negrura venir nuevamente, sabiendo
que no volverá de ella, que ya no habrá nada por recordar. Y queda allí, arrodillado ante el dedo
acusador, el último sobreviviente.
Dedicado a Skull in Broken Cow. Pintura de Damien Hirst.