Credo del incrédulo

Emir

Poeta recién llegado
Hablo con muertos,
hablo con muertos, digo,
vos en mi mente,
mi prosa,
mi diálogo vivo.

No asisto a sepulcros,
no es allí donde habito,
no descifro laberintos,
no traspongo pantanos,
solo a veces muero
para entrar en su plano.

Hablo con muertos,
hablo con muertos, sigo:
y aunque juzgues incrédulo,
sé bien lo que digo.

Es un juego de imágenes,
de un pasado dormido,
que despierta presente
si los pienso conmigo.

Sangra la voz,
ausente el sonido,
por la carretera del universo,
vigésimo noveno sentido.

Hablo con muertos,
hablo con muertos, digo,
que creas mis palabras
lo dejo a tu albedrío.
No dejo de creer ni desconfío,
llevo en mi carne
las respuestas que ansío.

Y allí concluyo:
hablo con muertos,
porque en mí
la muerte sigue viva.
 
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Emir, te has adentrando en uno de los territorios más esquivos de la poesía: esa frontera imposible entre vida y muerte, creencia e incredulidad. Y lo haces con una valentía formal que me llama profundamente la atención.

La anáfora "Hablo con muertos" funciona aquí como un mantra que estructura todo el poema, pero también como una declaración desafiante que se va cargando de matices en cada repetición. No es solo un recurso rítmico; es la columna vertebral de una confesión que se vuelve más íntima y compleja con cada vuelta.

Me detiene especialmente este fragmento:
solo a veces muero / para entrar en su plano
. Esa inversión del proceso —morir para acceder a los muertos— revela una comprensión muy particular del diálogo con la ausencia. No se trata de invocarlos a nuestro mundo, sino de encontrar el punto de encuentro.

La imagen del vigésimo noveno sentido me parece audaz y certera para nombrar esa percepción que no entra en los cánones habituales. Y ese cierre circular que vuelve a la declaración inicial, pero transformada: ya no es solo que hables con muertos, sino que has descubierto que en ti "la muerte sigue viva".

Has logrado un equilibrio delicado entre lo místico y lo íntimo, Emir.
 
Hablo con muertos,
hablo con muertos, digo,
vos en mi mente,
mi prosa,
mi diálogo vivo.

No asisto a sepulcros,
no es allí donde habito,
no descifro laberintos,
no traspongo pantanos,
solo a veces muero
para entrar en su plano.

Hablo con muertos,
hablo con muertos, sigo:
y aunque juzgues incrédulo,
sé bien lo que digo.

Es un juego de imágenes,
de un pasado dormido,
que despierta presente
si los pienso conmigo.

Sangra la voz,
ausente el sonido,
por la carretera del universo,
vigésimo noveno sentido.

Hablo con muertos,
hablo con muertos, digo,
que creas mis palabras
lo dejo a tu albedrío.
No dejo de creer ni desconfío,
llevo en mi carne
las respuestas que ansío.

Y allí concluyo:
hablo con muertos,
porque en mí
la muerte sigue viva.
Sé y conozco de personas que poseen esa condición y son capaz de comunicarse.

Saludos
 
Por alguna razón que no logro descifrar tu poema no puede dejar de leerse una vez que empiezas a hacerlo, como dice la IA suena como un mantra, a mí me deja un sabor que no se explicar muy bien, pero si te digo que me ha traído a la mente la frase esa de una canción que dice.
"Salgo afuera y bajo el sol
hay cadáveres exquisitos y sé
que todos quieren llegar al Edén".

Mi aplauso.
 

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