.Sunako Nakahara.
Poeta reconocida en el portal
Se me fue el tiempo, se desvaneció en mis manos. Y de repente, todo acabó.
No había vuelta atrás, los arrepentimientos no estaban permitidos. Lo único que sobraban eran las palabras, con las cuales no se pueden describir cuán maravillosos fueron esos momentos, ahora de antaño. Los recuerdos, vagos y confusos, se mezclaban con los suspiros nostálgicos que inundaban esta pequeña habitación, en dónde se encontraba mi lecho.
Y ahí, fue en dónde una voz lejana retumbó en mis oídos, y me llevó a un mundo irreal; perdí mi camino, me embargó una sensación de abandono por completo, pero caí en cuenta de que no había marcha atrás, y que debía dejar las alucinaciones por siempre; aquello hizo que el dolor que aprehendía mi corazón remitiese poco a poco, a una velocidad que enervó cada fibra de mi ser. Pero sólo me estaba engañando, estaba emponzoñada con la etérea ilusión.
Con este falso sentimiento que me rodeaba, el crepúsculo se acercaba cada vez más, la habitación se oscurecía paulatinamente, pero ni siquiera la lobreguez deslucía el brillo de la desdicha, y con ellos, llegó la somnolencia, una somnolencia que me acogió en sus brazos, me sumió completamente en un estado de delirio onírico, en dónde mis pensamientos cesaron, y al fin hallé la paz a mi tormento.
No había vuelta atrás, los arrepentimientos no estaban permitidos. Lo único que sobraban eran las palabras, con las cuales no se pueden describir cuán maravillosos fueron esos momentos, ahora de antaño. Los recuerdos, vagos y confusos, se mezclaban con los suspiros nostálgicos que inundaban esta pequeña habitación, en dónde se encontraba mi lecho.
Y ahí, fue en dónde una voz lejana retumbó en mis oídos, y me llevó a un mundo irreal; perdí mi camino, me embargó una sensación de abandono por completo, pero caí en cuenta de que no había marcha atrás, y que debía dejar las alucinaciones por siempre; aquello hizo que el dolor que aprehendía mi corazón remitiese poco a poco, a una velocidad que enervó cada fibra de mi ser. Pero sólo me estaba engañando, estaba emponzoñada con la etérea ilusión.
Con este falso sentimiento que me rodeaba, el crepúsculo se acercaba cada vez más, la habitación se oscurecía paulatinamente, pero ni siquiera la lobreguez deslucía el brillo de la desdicha, y con ellos, llegó la somnolencia, una somnolencia que me acogió en sus brazos, me sumió completamente en un estado de delirio onírico, en dónde mis pensamientos cesaron, y al fin hallé la paz a mi tormento.
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