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Crónica familiar

Tema en 'Prosa: Cómicos' comenzado por Pessoa, 16 de Julio de 2019. Respuestas: 0 | Visitas: 59

  1. Pessoa

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    CRÓNICA FAMILIAR

    Hace algún tiempo que no veo a mi tía Otilia. Aunque eso no viene a cuento. Lo importante es que haya alguien a quien llamen Otilia. Pero en mi familia eso es algo habitual. No que llamen Otilia a las tías segundas, sino que haya una vieja tradición de bautizar a sus miembros con nombres raros. Domiciano, Sisenando, Pantaleón... y a ellas, ya digo, Otilia (como mal menor) Casia, Gundisalva, y así.

    Lo curioso es que ha habido nombres que han determinado la vocación o el destino de sus propietarios: por ejemplo, mi tío Homobono, fue siempre más bueno que el pan; Agapito, su hermano menor, un excelente fabricante de flautas y silbatos; Gaudencio, la alegría de la huerta. De ellas la pobre Urraquita, de la que se decía piadosamente que era poco agraciada. Y la tía Casta, que, como contraste resultó ser un pendón desorejado. No era así con la fauna doméstica, o sea, con los perros: a todos los llamaron Chiguagua, aunque el más pequeño que tuvimos era un mastín del Pirineo de más de cincuenta kilos de peso. Pues según se iban muriendo, los pobrecillos, el de reemplazo volvía a ser Chiguagua. Loros y gatos no solía haber y de todos se encargaba la tía Otilia, quien, tal vez por falta de imaginación los llamaba simplemente “ay, mi loro bonito”; “ven aquí, gato, con tu amita.” Una peculiaridad de mi tía Otilia es que tocaba el piano a cuatro manos, ella sola. Un prodigio que nunca fue explotado comercialmente.

    Mi familia casi siempre vivió en el campo; hasta que mi tío Hermógenes se dio cuenta que era incómodo vivir siempre a la interperie, mojándose o achicharrándose y, sobre todo, haciendo sus necesidades al pie de los alcornoques porque las gallinas iban siempre a picotear los traseros. Entonces decidieron ir a vivir a la ciudad, a un pisito de los de “renta antigua”. Su casero era un señor gordo, de un pueblo que se llama creo que Vitigudino, por la parte de Salamanca. Pues este señor gordo en cuanto vio a la tía Otilia se enamoró de ella y quiso acompañarla para tocar el piano a cuatro manos, para que a mi tía le resultase menos trabajoso. Pero ella decía que el señor gordo olía a agente de seguros, olor indefinible pero que a ella le resultaba insoportable y que además el piano, que se lo compró en ofertas, no tenía teclas suficientes, sobre todos las negras, que eran las que más le gustaban a ella. El señor gordo cayó en una depresión también muy gorda y les rebajó el precio del alquiler y él se puso a vivir en el chiscón de la portería. Mayormente, pienso yo, porque su señora era la portera de la casa (bajo, principal y tres plantas, con doblado para el palomar.)

    Mi familia, con el Chiguagua de turno, vivían en el tercero, para no echar tanto de menos su anterior vida rústica. Así y todo, cuando Otilia con sus dos manecitas tocaba el piano a cuatro manos todo el barrio era una fiesta. Se colgaban de balcón a balcón banderolas y globitos de colores y los vecinos ponían caras extasiadas, como si en vez de Otilia estuviese tocando la banda municipal, porque cuando tocaba la banda municipal, por orden del Sr. Alcalde todos los oyentes tenían que poner expresión de arrebato místico, aunque al cura no le gustaba mucho aquello. Decía que le parecería bien si a los músicos se les vistiese de ángeles custodios, cada uno con su clarinete o su fagot. Pero, claro, estaba el del helicón y las alas no le cabían dentro del instrumento.

    En aquel tiempo y bajo el mandato de aquel Alcalde toda la ciudad era un remanso de paz y prosperidad. No como ahora, que todo el mundo anda preocupado con eso de la política y las preferentes. Entonces cada uno se preocupaba de sí mismo y de hacer el bien a los demás, que no eran muchos. El Alcalde había repartido los grupos a los que cada uno debía hacer el bien. Todos más o menos iguales y el benefactor se iba turnando, porque, claro, alguna vez le tenía que tocar a él que le hiciesen el bien. Hacer el bien, en aquella época, era relativamente sencillo. No tenía complicaciones mecánicas ni, muchos menos, electrónicas. Tú ibas a casa de tu vecino y le decías: “Oye, que hoy te toca que te haga el bien.” Y el vecino le decía : “pues necesito que me traigas el pedido del mercado, o de la farmacia”, o cosas así. A mi tía Otilia le gustaba mucho hacerle el bien al vecino del primero derecha, un militar retirado de enormes bigotes, que llevaba siempre puesto su fajín de cabo furriel, con la espadita de gala. Debía de hacerle el bien muy bien hecho, cargadito, pues las risotadas del señor militar se oían por todo el barrio y la gente pensaba que tía Otilia iba a tocar el piano y empezaban a colgar los globitos y las banderolas de cuando los conciertos de piano.

    Y así pasó aquella época, que fue muy feliz para mí, pues como yo era entonces un niño gordito y con gafas, todo el mundo quería hacerme el bien y me llevaban bocadillos de chorizo, que eran los que yo prefería, y “pulgarcitos” usados. Y no como ahora, que soy ya un señor mayor, que me gano el sustento en una compañía de seguros que todo el mundo dice que con esto de la crisis va a quebrar y me miran con tristeza y conmiseración, pero sin que nadie me haga el bien, como antiguamente lo hacían mis tíos Homobono y Agapito.






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    Última modificación: 16 de Julio de 2019

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