Cronología de antes de dormir

danie

solo un pensamiento...
2:30 am.
Los pensamientos se visten de antifaces traidores, con garras afiladas arañan mi sombra al complotarse con la almohada, con las sábanas, con los armarios y los muros de la alcoba. Doy vuelta sobre la cama, sin poder cerrar los ojos, viendo como mi lengua se alarga y ahorca a mi espectro colgado de la ventana. También se oye nítidamente unos corazones latiendo y berreando los candiles del silencio detrás de la puerta, un silencio casi fosforescente que con su zumbido despierta al mismo insomnio de mis propios huesos.

2:45 am.
45 metros cúbicos de llanto ahogan la alcoba, el dios de mis carencias sale a navegar usando a mi cuerpo como barca, así se pasea por los canales de mis venas, por las arterias y sus cicatrices abiertas con sal y arena. Las muelas del dolor mastican a los rosales marchitos y la sangre convulsionada explota en un golpe de demencia.

2:50 am.
El tejado salió volando por el tifón que arrastra a los rostros, a los ayeres, a los paisajes pálidos de un azar sin suerte que se estrelló en el vacío de mis pupilas, emigra también el tiempo con su estación de golondrinas, sólo quedan los cuervos sembrando dudas en mi frente, esperando que se escapen mis tripas para hacer de ellas un suculento banquete.

2:55 am.
El bache del mutismo se hace aún más grande y extenso abarcando dimensiones cósmicas, formando un agujero negro que arrastra a mis ángeles protectores. Ángeles ineptos en función y fundamento, los mismos que fueron incapaces de mantener a la Babilonia en pie, a la Pompeya sin arder, ahora con mi alma no podrían hacer la excepción.

3:00 am.
El gong y su estruendo resquebraja a los vidrios de mi caja de cristal, de mi envase interfecto por mi asesino interior. El gong de las 3: 00 am. retumba en mi sien con su sonido de hierro, de campanadas sin ángelus, de oscuridad perpetua arrastrando guillotinas y hogueras para mi estirpe sin legado, para esta convulsionada sangre mía que se inyecta en las jeringas que gotean una sala de terapia intensiva.
El electrocardiograma queda con puntos suspensivos para tomar la forma de una línea recta.
Pestañeo con cansancio, una enfermera entra por la puerta.
Pestañeo más pausadamente, la misma enfermera se acerca sujetando un escalpelo.
Y finalmente mis ojos se cierran.
 
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vaya hay tanto por ver tras esas sombras, abrazos
2:30 am.
Los pensamientos se visten de antifaces traidores, con garras afiladas arañan mi sombra al complotarse con la almohada, con las sábanas, con los armarios y los muros de la alcoba. Doy vuelta sobre la cama, sin poder cerrar los ojos, viendo como mi lengua se alarga y ahorca a mi espectro colgado de la ventana. También se oye nítidamente unos corazones latiendo y berreando los candiles del silencio detrás de la puerta, un silencio casi fosforescente que con su zumbido despierta al mismo insomnio de mis propios huesos.

2:45 am.
45 metros cúbicos de llanto ahogan la alcoba, el dios de mis carencias sale a navegar usando a mi cuerpo como barca, así se pasea por los canales de mis venas, por las arterias y sus cicatrices abiertas con sal y arena. Las muelas del dolor mastican a los rosales marchitos y la sangre convulsionada explota en un golpe de demencia.

2:50 am.
El tejado salió volando por el tifón que arrastra a los rostros, a los ayeres, a los paisajes pálidos de un azar sin suerte que se estrelló en el vacío de mis pupilas, emigra también el tiempo con su estación de golondrinas, sólo quedan los cuervos sembrando dudas en mi frente, esperando que se escapen mis tripas para hacer de ellas un suculento banquete.

2:55 am.
El bache del mutismo se hace aún más grande y extenso abarcando dimensiones cósmicas, formando un agujero negro que arrastra a mis ángeles protectores. Ángeles ineptos en función y fundamento, los mismos que fueron incapaces de mantener a la Babilonia en pie, a la Pompeya sin arder, ahora con mi alma no podrían hacer la excepción.

3:00 am.
El gong y su estruendo resquebraja a los vidrios de mi caja de cristal, de mi envase interfecto por mi asesino interior. El gong de las 3: 00 am. retumba en mi sien con su sonido de hierro, de campanadas sin ángelus, de oscuridad perpetua arrastrando guillotinas y hogueras para mi estirpe sin legado, para esta convulsionada sangre mía que se inyecta en las jeringas que gotean una sala de terapia intensiva.
El electrocardiograma queda con puntos suspensivos para tomar la forma de una línea recta.
Pestañeo con cansancio, una enfermera entra por la puerta.
Pestañeo más pausadamente, la misma enfermera se acerca sujetando un escalpelo.
Y finalmente mis ojos se cierran.
 

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